Transpirenaica a pie y a pedales

BACKROADS & HIKING I 1.027 km I 32.223 m+

Transpirenaica a pie y en bicicleta

DE MAR A MAR EN 7 CUMBRES

LA AVENTURA DE CRUZAR EL PIRINEO DESDE EL MEDITERRÁNEO HASTA EL CANTÁBRICO ALTERNANDO CICLISMO Y MONTAÑISMO. LA HISTORIA DE UN AZAROSO VIAJE DE MÁS DE MIL KILÓMETROS EN EL QUE LA MONTAÑA Y LA CARRETERA NO SÓLO FORTALECEN MÚSCULOS, SINO SOBRE TODO ENCUMBRAN EL VALOR DEL COMPAÑERISMO Y LA AMISTAD.

Texto: Sergio Fernández Tolosa / Fotos: Pol Puig Collderram

Pedaleamos en silencio, calados de sudor y endorfinas, a través de una nube empapabobos que oculta el universo. Una curva. Otra más. Y otra. A falta de un suspiro para el collado, el cielo se parte con un seco chasquido. Con el primer relámpago, el chirimiri se convierte en diluvio. Hemos coronado un pelín tarde, hace frío y la cafetería de las tartas de arándanos ya ha cerrado. También la tienda de souvenirs, así que nos abrigamos y continuamos pendiente abajo, surcando la carretera inundada. Nos vamos sin la foto de recuerdo en la cumbre, pero no es el escenario que habíamos soñado para la ascensión al Col du Tourmalet, el paso de montaña más mítico del Pirineo.

SUEÑOS DE AGUA Y ROCA

Así es el ciclismo. Así es la montaña. Mil metros más abajo, en el valle, nos espera una ducha caliente, una rica cena y una reparadora litera. Llevamos algo más de una semana cruzando el Pirineo, alternando nuestras dos mayores pasiones: un día pedaleamos, un día caminamos hasta una cumbre. Hoy tocaba bicicleta. Ayer subimos el Pic de Hourgade (2.964 m) y mañana queremos coronar el Turon de Néouvielle (3.035 metros), subiendo y bajando desde Barèges, donde pretendemos dejar aparcadas las bicis.

Cuando le confesamos nuestro plan al cocinero de la gîte d’étape l'Oasis, se crea un silencio. Antes de empezar a hablar, nos rellena el plato hasta arriba. Según sus cálculos, la excursión podría alargarse demasiado para ir y volver en el día. “Quizá sería mejor dormir en el refugio de la Glère, a medio camino”, sugiere. Frente al mapa, necesitados de un buen sueño, le damos la razón. Mañana, sobre la marcha, la montaña decidirá.

POR DELANTE AGUARDAN CASI 1.000 KM SUBIENDO Y BAJANDO PUERTOS DEL PIRINEO EN OCHO ETAPAS, ALTERNADAS CON SIETE JORNADAS DE FAST HIKING PARA INTENTAR HOLLAR SIETE CUMBRES PARTIENDO DESDE EL PUEBLO MÁS CERCANO.

RECORRIDO

1.027 km

Del Mediterráneo al Cantábrico por la ruta más atractiva posible que a la vez permitiese acceder a pie a siete montañas representativas de las distintas regiones del Pirineo.

DESNIVEL

32.223 m+

Contundente, especialmente en algunas jornadas de ciclismo, en las que rondamos los 3.000 m+. Pero es lo que tiene el ciclismo pirenaico, constantes y largos subibajas.

DIFICULTAD

3/5

Técnicamente asequible, tanto sobre la bici como en las ascensiones, especialmente a final del verano, cuando no encontramos nieve. La dificultad radica en el plano físico.

ATRACTIVOS

☆ ☆ ☆

Coronar puertos míticos y combinarlos con ascensiones en el día, viajar ligero, sentir los cambios en el paisaje, comer y beber hasta no poder más, ir a dormir cada noche exhausto y satisfecho...

UN MAR DE INCERTIDUMBRE

Esta suerte de duatlón pirenaico arrancaba nueve días antes con un ceremonial baño matutino a orillas del Mediterráneo. Con cada inspiración el aire inundaba mi mente de blanco. Al soltarlo, me hundía levemente, sintiendo el relajante abrazo del agua. Flotaba boca arriba, feliz, consciente de que asistía a mis últimos soplos de ingravidez. Estaba a punto de empezar un nuevo viaje. De volver a nacer. Sólo tenía que emerger de aquella sopa amniótica que me mecía. Y reventar mi burbuja de confort.

Qué locura. Sólo tres semanas antes, un extraño virus me había tenido diez días postrado en la cama con fiebre. Aunque me sentía mejor, seguía sin fuerzas. Por suerte, Pol, mi compañero de aventura, me esperaba en la arena. Si de algo no dudaba era de su paciencia y su camaradería. Nos aguardaban quince jornadas consecutivas de intensa actividad y decisiones constantes. El recorrido estaba planeado pero quedaba abierto a los caprichos de la meteorología. La incertidumbre y los cambios formaban parte del juego. Por delante teníamos casi mil kilómetros subiendo y bajando puertos del Pirineo repartidos en ocho etapas, alternadas con siete jornadas de fast hiking para intentar hollar siete cumbres partiendo desde el pueblo más cercano. Mi única duda era yo. Apenas era capaz de completar quince flexiones de brazos o pedalear a ritmo sin sentir una decepcionante debilidad. ¡¿Cómo diantre lo iba a hacer?!

ADIÓS MEDITERRÁNEO, HOLA CANIGÓ

La primera etapa se presentaba con piel de cordero. Creíamos que sería una sencilla toma de contacto con los discretos pero traicioneros desniveles del Pirineo más oriental. Nuestro objetivo era llegar a Valmanya, un pequeño pueblo situado en las faldas del macizo del Canigó (2.784 m), cuya cumbre se erigía como el primer hito de nuestra travesía. Aún a riesgo de deslomarnos antes de entrar en materia, trazamos una ruta por solitarias carreteras locales y caminos pavimentados que ribetean la invisible línea de la frontera entre bosques de encinas y hayas. La etapa se hizo dura. Y larga, muy larga. Llegamos a la gîte d’étape con la última luz, justo a tiempo para la cena.

A la mañana siguiente, después de un buen desayuno, nos calzamos las zapatillas de trail y partimos rumbo a las alturas. La ruta escogida para coronar el Canigó era una atractiva circular de 28 km y 2.200 m+ que ascendía por la Chimenea de la Brecha Durier y bajaba por el refugio de Cortalets. Nos hizo un día perfecto y salvo en la cumbre y en la chimenea, donde sí había concurrencia, estuvimos casi siempre solos en la montaña.

AÚN A RIESGO DE DESLOMARNOS ANTES DE ENTRAR EN MATERIA, TRAZAMOS UNA RUTA POR SOLITARIAS CARRETERAS LOCALES Y CAMINOS PAVIMENTADOS QUE RIBETEAN LA INVISIBLE FRONTERA ENTRE BOSQUES DE ENCINAS Y HAYAS.

SIEMPRE EN MOVIMIENTO

A la hora del café estábamos en Valmanya, preparándonos un enorme plato de pasta mientras le dábamos las gracias a la encargada del albergue por guardarnos las bicicletas. Nuestra siguiente "cima volante" estaba en el extremo noroeste de Andorra. Si queríamos llegar mañana, debíamos partir ya mismo y dormir esta noche un poco más adelante. Así que después de comer nos ajustamos el casco lanzándonos montaña abajo por la sinuosa carretera de Prades, sumando 30 km de bici al parcial de la jornada. Esta iba a ser la tónica del viaje.

El tercer día nos enfrentamos a los primeros puertos de carácter del viaje. Por la mañana subimos por una idílica y soleada comarcal hasta el Col de la Llose (1.886 m) y por la tarde entramos a Andorra, con tormenta incluida, por el Port d'Envalira (2.404 m), dando por terminada la etapa en el pueblo de Canillo. El plan original consistía en subir a pie al Coma Pedrosa, pico más alto de Andorra, partiendo desde Arinsal, pero la previsión sólo era buena hasta mediodía, así que cambiamos de cumbre y de punto de partida en el último momento.

El Pic de Casamanya (2.752 m) fue el elegido. Nos regaló una circular matinal realmente gratificante, con espléndidas panorámicas y algunos pasos entretenidos por la cara norte de la montaña. Por la tarde, aunque la lluvia hizo acto de presencia, retomamos la ruta en bici para saltar al valle contiguo por el Coll d'Ordino (1.983 m) e ir a dormir a Arinsal.

EL ORIGEN DE UNA AMISTAD

El quinto día por la mañana coincidimos con los organizadores de la Pyrenees Stage Run, carrera a pie por etapas que esa misma tarde llegaba a Arinsal. Pol y yo nos habíamos conocido dos años antes formando equipo en esta prueba. Fue una auténtica cita a ciegas, pues nunca nos habíamos visto, pero durante aquella semana descubrimos que ambos compartimos una forma de vivir la montaña y el deporte muy parecida: lo único importante es disfrutar.

De nuevo en marcha, encaramos el Port de Cabús (2.306 m), un gigante asfaltado por el lado andorrano que en la cumbre se transforma en pista de tierra y piedras. La ascensión fue realmente bucólica. Entre bosques y prados paramos a acariciar a los curiosos caballos. La bajada hasta Tor con neumáticos finos –especialmente los de Pol– fue más épica, pero salimos indemnes. El objetivo del día era llegar al refugio de Montgarri, puerta de entrada al Val d'Aran y tercer tramo off-road del viaje. Y éste era de subida.

Desde Montgarri, nuestra idea era subir al Tuc de Barlonguera (2.802 m). La ascensión se presentaba larga pero sin dificultad aparente, como todas las que habíamos preseleccionado para esta aventura, que hoy ganaba nuevos alicientes, pues Lucas, el padre de Pol, y Drea, su perrita, se unían a la fiesta. Lo que no acompañaba era el parte meteorológico. Aún y así, lo intentamos, pero los pronósticos se cumplieron y haciendo gala de nuestro talante prudente nos dimos la vuelta antes del inicio de la tormenta, no sin antes coronar la Tuca dera Gireta (2.594 m), una cima secundaria que quedaba de paso.

LA METEOROLOGÍA NOS OBLIGÓ A CAMBIAR ALGUNOS PLANES, PERO AHÍ RESIDÍA PRECISAMENTE LA GRACIA DE LA AVENTURA.

EL CÍRCULO DE ORO

Al día siguiente atravesamos el Val d'Aran a orillas del Garona con el plato grande y entramos en el círculo dorado del ciclismo pirenaico por el Portillón y el Col de Peyresourde (1.569 m). A medio descenso, nos desviamos hacia el pequeño pueblo de Gem, punto de inicio de nuestra siguiente incursión hacia las alturas, el Pic de Hourgade (2.964 m). Aunque me costaba creerlo, estábamos en el corazón del Pirineo y cada día me notaba con más fuerzas.

Así llegó el gran día, el del Col d'Aspin (1.489 m) y el gran Col du Tourmalet (2.115 m), donde retomamos la narración del principio. En la cumbre, con la tormenta, los ríos de agua sobre el asfalto, el frío, los ciclistas irlandeses empujando sus bicis en mitad del aguacero… Es increíble lo que podemos llegar a hacer cuando estamos realmente motivados, cuando recibimos el apoyo necesario o cuando sencillamente no queda otro remedio. Es la naturaleza humana. Su innata y prodigiosa capacidad de resiliencia.

RUMBO AL CANTÁBRICO

El décimo día, cuando entramos a Barèges procedentes de la cima del Turón de Néouville (3.035 m), me sentí pletórico. En lo más alto. Como si el resto del viaje fuese un largo y plácido amerizaje. En realidad hasta el Cantábrico quedaba un trecho bárbaro repleto de costalones, como el Col de Soulor (1.474 m), el Aubisque (1.709 m), el Marie Blanque (1.035 m) o el Col de la Pierre Saint-Martin (1.802 m).

Navarra nos dio la bienvenida con la cumbre cárstica de la Peña Ezkaurre (2.045 m), a la que subimos desde Isaba. Las fuerzas andaban justitas, pero sorprendentemente me encontraba mil veces mejor que antes de dar la primera pedalada del viaje. Pol y yo manteníamos la ilusión y el humor inicial intactos. Hablábamos todo el rato. Comentando la jugada, decidiendo sobre la marcha, recordando anécdotas, arreglando el mundo…

Al día siguiente paramos en lo alto del Puerto de Larrau (1.578 m) para ascender al Monte Ori (2.017 m), la cima más occidental que supera la barrera de los dos mil y la última prevista de nuestra singular ginkana pirenaica. Fue la única cumbre del viaje que coronamos en solitario. Primero subió Pol. Yo me quedé con las bicis en un limbo de fría niebla. Menos de una hora después, subí yo y Pol me esperó con las bicis bastante más de una hora.

LAS FUERZAS ANDABAN JUSTITAS, PERO SORPRENDENTEMENTE ME ENCONTRABA MEJOR QUE ANTES DE DAR LA PRIMERA PEDALADA. POL Y YO MANTENÍAMOS LA ILUSIÓN Y EL HUMOR INTACTOS, HABLANDO TODO EL RATO, RECORDANDO ANÉCDOTAS, ARREGLANDO EL MUNDO...

ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

La soleada cumbre del Ori nos regaló un mar de nubes de película y un descenso alucinante hasta Larrau que enlazamos con el atroz Col de Bagargiak (1.328 m), que resultó ser el más inclemente y humillante de todo el viaje. Por la noche compartimos mesa con una docena de peregrinos en St Jean Pied de Port, pero estábamos tan hambrientos que tuvimos que cenar dos veces.

El último día nos retratamos en el típico frontón de los pueblos de Lapurdi y entramos en ese estado de ánimo agridulce que se apodera de ti todos los últimos días. La felicidad y la emoción por haber completado el reto –o estar a punto– te colma, pero también lamentas que acabe. De repente, el sueño que te rondaba desde hacía tanto tiempo ya no se conjuga en futuro, sino en pasado. Y comprendes que ahora es real porque lo has encarado viviendo el presente. Como ahora, que estoy flotando, no en una nube, sino en las aguas del musculoso Cantábrico, en la playa de Hendaya. Es el mismo agua que la del primer día, o casi. También yo soy el mismo, pero algo distinto.

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2 Responses

  1. David Pacheco
    | Responder

    ENHORABUENA!!. Once again, jeje.

    • conunparderuedas
      | Responder

      muchas gracias, David

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