Ibón de Urdiceto & Ibón de Plan

BIKEPACKING I 90 km I 3.500 m+

Ibón de Urdiceto & Ibón de Plan

MOUNTAIN BIKE CON MAYÚSCULAS

¿QUÉ SUCEDE CUANDO TE PLANTEAS UNIR DOS RUTAS DE ZONA ZERO –UNA DE CICLOALPINISMO Y OTRA DE ENDURO– PASANDO LA NOCHE BAJO LAS ESTRELLAS? UN FIN DE SEMANA DE AGOSTO LLEVAMOS A CABO EL EXPERIMENTO CON NUESTRAS QUERIDAS BICICLETAS RÍGIDAS Y EL RESULTADO FUE ABSOLUTAMENTE ESCLARECEDOR: TODO ES INFINITAMENTE MÁS HERMOSO ALLÁ ARRIBA.

Texto: Sergio Fernández Tolosa / Fotos: Ismael Antequera

Un mapa es algo más que una herramienta para orientarse o encontrar tesoros. Ese ovillo bidimensional de líneas sinuosas y concéntricas es, en realidad, un talentoso narrador, un cuentacuentos con la facultad de repentizar historias que todavía no han sucedido. Sólo hay que desplegarlo y preguntarle. Con la clarividencia de la pitonisa que conoce tus puntos débiles, le hablará directamente al sistema límbico de tu cerebro, estimulando tu imaginación, espoleando el deseo y la fantasía de salir.

EL COMPAÑERO IDEAL

Pero los poderes de la magia cartográfica no acaban ahí. En medio de la maraña de símbolos e ideogramas, todo mapa esconde un código oculto, personal e intransferible, que ni siquiera el topógrafo que lo ha dibujado sería capaz de descifrar. Es una especie de método socrático. Ese en el que el maestro te interroga con pericia y logra que el saber subyacente se manifieste en forma de idea.

El mapa te habla de subidas eternas, bajadas de infarto, pasos entre valles que implican pesarosos porteos y cresteríos con panorámicas inmensas en los que las cumbres parecen al alcance de la mano. Y tú, de pronto, sabes quién es el compañero ideal para esa ruta que flota en el interior de tu mente.

La excursión que me rondaba la cabeza desde hacía un tiempo era un traje a medida para nuestro buen amigo Ismael Antequera, un tipo incansable, todoterreno e hiperactivo que disfruta igual trepando por una pared helada como cargando la bici hasta la mismísima cumbre del Toubkal. Convencerle para pasar día y medio saltando valles y montañas combinando el mountain bike con el hike-a-bike fue más que fácil.

EL MAPA TE HABLA DE SUBIDAS ETERNAS, BAJADAS DE INFARTO, PASOS ENTRE VALLES QUE IMPLICAN PESAROSOS PORTEOS... Y TÚ, DE PRONTO, SABES QUIÉN ES EL COMPAÑERO IDEAL.

RECORRIDO

90 km

Itinerario circular con inicio y final en Bielsa, para unir los ibones de Urdiceto y Plan a través de los puertos de Urdiceto y de la Madera, enlazando el Valle de Chistau con el Paso de las Garzas y la Colladeta del Ibón.

DESNIVEL

3.500 m+

Aunque no sea exagerado, sí es contundente. La mayor parte es ciclable y se gana por caminos en buen estado, pero hay sectores en los que no queda otro remedio que recurrir al 'hike-a-bike'.

DIFICULTAD

5/5

Muy alta, tanto física como técnicamente. Sólo apta para bikers con experiencia en alta montaña. Incluye descensos por trialeras, porteos y tramos de progresión lenta por terreno rocoso sin huella.

ATRACTIVOS

☆ ☆ ☆

La travesía de 5 km por el lomo del Pirineo hasta el Puerto de la Madera, las vistas privilegiadas de las Tres Marías, Monte Perdido, Posets, Bachimala, el baño en las aguas del Cinqueta, los ibones de Urdiceto y Plan…

HABLANDO DE CIMAS

La aventura comienza en Bielsa, en la confluencia de los ríos Cinca y Barrosa. Junto al puente de la antigua carretera de acceso, hay una fuente empotrada en el muro en la que llenamos los bidones de agua helada.

Sin perder tiempo, cruzamos el pueblo, obviamos el desvío al Valle de Pineta y seguimos corriente arriba. La sombría y encañonada lengua de asfalto nos lleva hasta Parzán, donde hay una gasolinera y un par de tiendas por si se nos ha olvidado comprar el avituallamiento. Nosotros llevamos todo lo necesario para ser autónomos durante el recorrido, aunque vamos con lo mínimo imprescindible. Ni cámara de fotos, hemos traído.

A la altura de la central de Barrosa, nos desviamos a la derecha y tomamos la pista forestal que asciende hacia el Ibón de Urdiceto. Primero a través del bosque y después por terreno abierto, las duras rampas se suceden con determinación. En 11 km vamos a ganar 1.200 metros de desnivel, pero ni la pendiente ni el sudor que chorrea por nuestras frentes son capaces de aplacar nuestro palique.

ESPEJOS DE AGUA

Casi dos horas después, al hollar el Collado de Urdiceto, nos damos cuenta de que, entre la hipoxia y la perorata, nos hemos saltado el desvío al Puerto de Urdiceto, que queda un poco más abajo. Aprovechando el despiste, decidimos seguir subiendo y asomar la nariz por el Ibón de Urdiceto, que hoy ofrece una postal realmente hermosa y serena.

La pista serpentea hasta la presa –es un ibón de origen natural, pero apresado–, donde hay un pequeño refugio libre y un par de 4x4 estacionados. En la orilla opuesta, una gran muralla de tonos rojizos se despliega desde Punta Fuesa a Punta Suelsa, de 2.972 m. Bajo un cielo azul inmenso, las cumbres se muestran tentadoras, pero hoy toca retroceder y tomar el sendero que sube hacia la frontera.

Nada más dejar la pista, el estrecho y abrupto sendero nos obliga a empujar la bici cuesta arriba durante 1 km para ganar los 140 metros que nos separan del paso. El paisaje brinda un maravilloso espectáculo. Por un lado asoman las cimas del Valle de Pineta. Por el otro, el macizo del Posets.

COSMONAUTAS A PIE (DALES)

El primer porteo es siempre el que más cuesta y el que más torpe te hace sentir. Pero una vez arriba, tras la foto de rigor junto a la placa del Camino de Santiago, empieza el verdadero rock & roll. Hasta el Puerto de la Madera tenemos un espectacular tramo de 5 km en el que el track bailotea sobre la invisible línea de la frontera.

Ahora a un lado, ahora al otro, alternamos el duro y lento flanqueo por la ladera norte con exquisitos segmentos de huella ciclable que discurren por el lomo de la divisoria. El paisaje, de apariencia volcánica, casi marciana, nos engulle como a corpúsculos, aguerridos cosmonautas que no saben si mirar el suelo que pisan o las cumbres que se alzan frente al manillar de sus vehículos espaciales.

Antes de iniciar el descenso, sacamos el almuerzo y reponemos fuerzas en un fantástico mirador. En el lado francés, las verdes vaguadas se deslizan hacia un mar de nubes. En el aragonés, la estampa del Posets magnetiza las retinas, aunque a Isma se le van los ojos hacia los Picos de Culfreda –"están ahí al lado"– y el Gran Bachimala –"bueno, ya vendremos otro día"–, entre otros tres miles.

Los primeros kilómetros de la bajada son por un singletrack de película. Tendido, limpio, suave… Un regalo para cualquier biker. A medida que perdemos altura, la cosa se va complicando. Raíces, piedras, pendientes más fuertes, árboles…

FINAL EN ALTO

Ya en el valle, pasado el desvío a Viadós, cruzamos el Cinqueta para seguir por el bosque del margen izquierdo del río. Un bucólico sendero primero y un camino de cuento después permiten ahorrarse durante un buen rato la pista de la otra orilla, en la que suele haber bastantes coches en verano.

Al llegar al cruce de la Basa de l'Avet –esta pista posibilita salir al km 52 del track sin pasar por San Juan de Plan–, dudamos un minuto. La idea de merendar en el pueblo antes de iniciar la última subida del día resulta demasiado seductora, así que seguimos bajando por la pista principal.

Después de la pausa en San Juan de Plan y con el estómago un poco demasiado lleno, reemprendemos la marcha por la pista del Puerto de Sahúnc, que comunica con el valle del Ésera. La subida es cómoda y la pista, buena. Pedaleamos sin prisa por dentro del bosque y aunque también circulan coches, hay muchos menos que en la de Viadós.

Al poco de pasar el refugio del Suel de la Baixada –ni miramos si está abierto o en condiciones, pues la noche se presenta despejada–, nos desviamos a la derecha, tomando el camino que sube hasta el Collado de la Cruz, a 1.716 m. Las fuerzas se apagan, como la luz del sol, que hace rato que se fue tras las montañas. Pero aún queda un cierto resplandor para estudiar el terreno. Un amplio claro, un pluviómetro, un corral para ganado, algunas vacas y un abrevadero cuya agua contiene pequeños seres que coletean.

Tras unos arbustos, desenrollamos las esterillas, nos ponemos el pijama y calentamos agua para la cena. Buenas noches, estrellas.

LA ESTAMPA DEL POSETS MAGNETIZA LAS RETINAS, AUNQUE A ISMA SE LE VAN LOS OJOS HACIA TODOS LOS TRES MILES QUE NOS RODEAN.

SED DE MONTAÑA

Al amanecer, un corzo ladra desde la espesura. Pese a las vacas que pacían anoche por los alrededores, hemos dormido tranquilos. Mientras calentamos agua para el café y las papillas de avena, descubrimos que hemos descansado sobre un lecho de florecillas lilas. Lamemos la cuchara, apuramos el vaso, recogemos el campamento y partimos con toda la ropa puesta.

El sol ilumina ya algunas cumbres. Es el momento más crítico del día. Deseas empezar a pedalear sólo para entrar en calor.

El track abandona enseguida la comodidad de la pista. Cruza un último prado que hay a la derecha y aborda la ascensión por un sendero roto que nos ofrenda algunos tramos ciclables, pero que en general obliga a hacer equilibrios bastante complicados a esta hora de la mañana, con el cuerpo todavía rígido y cansado tras la jornada de ayer y el sueño al raso. También a caminar e incluso a cargar con la bici en algún que otro repecho de caos rocoso.

La fuente del abrevadero que había en el collado no era de fiar, así que vamos un poco justos de líquido. Al cruzar el barranco de Ordicez, la intuición o el deseo de encontrar agua nos hacen pensar que quizá haya alguna surgencia más abajo, así que dejamos las bicis y nos escabullimos entre los pinos. Al otro lado de la zanja, en medio del claro, una manada de rebecos huye en estampida. También ellos estaban sedientos. En mitad del prado, un caño de agua clara llena un aljibe.

EL RELOJ DE LAS CUMBRES

El sendero continúa rodeando la sierra de Peña Las Diez, Peña Las Once y Peña del Mediodía por su vertiente sudoriental. El paisaje es todo nuestro. Sólo se ve naturaleza. Bosques, canchales, pedreros y capas y más capas de montañas que se suceden hasta el horizonte.

Al cabo de un buen rato, cuando creíamos estar a punto de cerrar el círculo y enhebrar el paso, la senda se desvanece en un auténtico roquerío. A partir del Paso de las Garzas, caminamos a trompicones por una huella poco clara que obliga a buscar la mejor trazada, elevar el sillín por encima del hombro y asumir más de un zigzag que en realidad era innecesario. El escenario, por su parte, sobrecoge y da alas al mismo tiempo. No hay prisa. En las pocas manchas verdes que encontramos, paramos a descansar como si fueran oasis. Entre la hierba crecen tímidas edelweiss, a las que tanto gustan los terrenos calcáreos.

VUELTA A LA CIVILIZACIÓN

Al coronar la Colladeta del Ibón (2.351 m), el paisaje es aún más hermoso. Aquí empieza un exigente descenso por senda, mucho más roto y complejo que el del día anterior, que nos lleva hasta la Basa de la Mora, también conocida como Ibón de Plan.

Durante la bajada, yo pincho la rueda delantera e Isma empieza a tener problemas con un freno que acaba contagiando al otro. Por una extraña razón, las pastillas de su Cannondale se han desgastado antes de lo previsto. Sin recambios –"no volverá a ocurrir"–, decidimos abandonar el sendero, continuar por pista hasta Saravillo y saltarnos la ascensión final hasta el Collado de la Cruz de Guardia que habíamos considerado si nos sobraban tiempo y ganas –subiendo por Sin y Señés–, con lo que finalmente cerramos el círculo por la carretera.

El descenso final por el GR-19.1 hasta el camping de Bielsa habría sido un broche realmente apoteósico para una espectacular escapada, pero teniendo en cuenta que ello implicaba unos 1.200 m de desnivel positivo extra, ambos pensamos que la jugarreta de los frenos en realidad nos salvó de una buena. Siempre es mejor quedarse con ganas de volver, cosa que haremos. Por supuesto.

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