TransPirenaica a pie (II). De Vielha a Hendaya

TREKKING I 525 km I 22.000 m+

TransPirenaica a pie (II). De Vielha a Hendaya

APETITO PIRENAICO

DICEN QUE LAS SEGUNDAS PARTES NUNCA SON BUENAS, PERO SIEMPRE HAY UNA EXCEPCIÓN QUE CONFIRMA LA REGLA. TRAS 18 DÍAS DE MARCHA DESDE PORTBOU Y UNA JORNADA DE DESCANSO EN VIELHA, RETOMAMOS EL VIAJE COMPLETAMENTE DESFONDADOS. SÓLO UN INSACIABLE APETITO POR NUEVOS PAISAJES NOS EMPUJA A PONER UN PIE DELANTE DEL OTRO, INCLUSO AUNQUE SEA CAMINANDO DENTRO DE UNA DENSA NUBE QUE LO OCULTA TODO.

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker

Habíamos llegado al Val d'Aran con el estómago pegado a la espalda. Tras soñar durante días y noches con los más elementales bocados –tortilla de patatas, pan con tomate y jamón, unas rodajas de melón…–, el hambre que nos devoraba prácticamente desde que pasamos por Baborte, antes de terminar el primer ágape ya se ha convertido en un incomprensible e indigesto hartazgo. El cansancio acumulado nos ha pasado factura. Pero hay que seguir. Queremos seguir.

El Cantábrico ruge lejos. Lo imaginamos meciendo sus olas infinitas bajo un cielo nuboso. Queremos meter los pies en sus aguas, pero no tenemos ninguna prisa. Hasta sus playas nos falta mucho por ver y vivir. Al dejar Vielha atrás, empezamos a escribir el segundo capítulo del viaje a pie más largo que jamás hemos soñado.

CAMINAMOS CON LA SENSACIÓN DE QUE NOS VAMOS ALEJANDO POCO A POCO DE LAS GRANDES MONTAÑAS Y SIN DARNOS CUENTA COMETEMOS EL GRAN ERROR DE EMPEZAR A PENSAR QUE LO MEJOR DEL VIAJE YA PASÓ.

RECORRIDO

525 km

Itinerario lineal –que no recto– por ambas vertientes del Pirineo, entre Vielha y Hendaya, alternando GR-10, GR-11 y HRP con algunos enlaces por senderos de pequeño recorrido.

DESNIVEL

22.000 m+

Los desniveles son la tónica durante todo el viaje y las largas bajadas resultan más duras que las subidas. El peso de la mochila resulta determinante.

DIFICULTAD

4/5

Conviene tener en cuenta que las rutas GR-10, GR-11 y HRP son sumamente heterogéneas. Las zonas de alta montaña requieren experiencia previa en todas ellas.

ATRACTIVOS

☆ ☆ ☆

El contraste entre los paisajes desnudos del Pirineo Central y los frondosos valles navarros, perderse entre universos de roca salpicados de ibones, bañarse en arroyos de agua helada...

De Vielha a Parzán
SIN FUERZAS, ENTRE NUBES

Ni las fuerzas ni el tiempo acompañan. Dan lluvias y tormentas en todo el Pirineo Central para los próximos días. Ante el oscuro panorama, para salir del Val d'Aran optamos por una ruta que conocemos bien y que nos permitirá saltar rápidamente hacia el Valle de Benasque. Iremos a Artiga de Lin y pasaremos por el Port dera Picada (2.528 m), desde donde quizá podamos admirar la cara norte del Macizo de la Maladeta. Ojalá.

Tenemos la esperanza de que la extraña "gripe del empacho" se diluya bajo la niebla meona que nos engulle, empapándolo y cubriéndolo todo. Pero esa breva no cae. Sólo al llegar a Hospital de Benasque, el sol sale un rato y nos regodeamos con los cinco sentidos, siesteando bajo sus rayos. La energía, sin embargo, no vuelve, así que desechamos la idea de penetrar en los valles de Remuñe y Lliterola, para conformarnos con el corredor más fácil y trillado, el que sigue el GR-11 por el popular Vall d'Estós.

Un vivac más tarde estamos en las Bordas de Biadós. El Posets permanece escondido, al igual que el Aneto dos días antes. Pero no todo es malo. Tras otra tarde caminando bajo la insistente lluvia, la cabaña-refugio de Lisier nos ofrece un agradable cobijo y espacio suficiente para descansar, tender la ropa y cocinar la sopa de fideos bajo techo. Mañana será otro día.

BENDITA NORMALIDAD

Por la mañana, el sol luce espléndido y parece que también, al fin, algo brilla en nuestro interior. De repente, como por arte de magia, cuerpo, mente, músculos y sentidos se resintonizan. Los reflejos resucitan y todo empieza a responder como antes. El autofoco enfoca. Los pies obedecen. Ya no tienes la sensación de que cada pierna pesa media tonelada, ni de estar a punto de tropezar a cada paso.

De repente, notas que has vuelto y recuerdas que esto ya te ha ocurrido otras veces. Pero en esta ocasión no te quedaste en cama, tapadito y a dieta. Esta vez caminaste como un zombie de un valle a otro y ahora te esfuerzas en vano para recolocar los recuerdos de los últimos días: aquí paramos, allí llovía, allá salió el sol… eso fue hace dos días, o tres…

NUBARRONES MENTALES

El mayor riesgo en un viaje así es que acabes confundiendo los nombres de los pasos, las montañas, los valles, las aldeas… Que seas incapaz de reconstruir mentalmente el itinerario. Que el mapa impreso en tu cerebro sea poco más que un gurruño, una maraña emborronada de líneas de cota, colorines y letras sin sentido.

Eso es precisamente lo que ocurre cuando uno se limita a seguir mecánicamente las señales de un recorrido balizado: que no sabe ni dónde está. Ni lo que hay más allá. O lo que hay detrás de la montaña. O en el fondo del valle. O en el interior del bosque. Sólo puede avanzar, buscar la siguiente señal. Y la otra. Y así todo el día.

Muy pronto, sólo existe el anhelo de llegar. Llegar a cualquier lugar. Pero llegar. Y eso es lo peor que te puede ocurrir en cualquier viaje. Más aún si es a pie, porque eres lento y todo está muy lejos. Sobre todo cuando hay que caminar durante muchos kilómetros por una pista ancha construida para los coches y tu eres un peatón cargado como un mulo.

Esto es exactamente lo que nos ocurre tras varios días conviviendo con la monotonía rojiblanca del GR-11, que nos guía hasta el lago de Urdiceto para después descender por una aburridísima pista que desemboca en Parzán. Aquí aprovechamos para llenar la despensa en un supermercado de carretera de esos que tanto gustan a los franceses que cruzan la divisoria para comprar bebidas espirituosas y repostar. Es mediodía. Hay sol. Estamos a orillas del río Barrosa, en el Valle de Bielsa.

De Parzán a Gavarnie
NIDOS DE ÁGUILAS

El acceso al Circo de Pineta por el GR-11 desde Parzán es absolutamente desalentador. Primero, asfalto hasta Chisagüés. Y después, otra pista eterna, mortificante, que hace que te plantees más de dos veces quién diseña los trazados de los GR.

Pese al tostón, nos lo tomamos con filosofía. Sobre el valle, las Tres Marías se recortan contra el cielo azul, que parece que los próximos días se mantendrá despejado y podremos disfrutar de algunos de los panoramas más hermosos del Pirineo.

La idea es subir por el Balcón de Pineta hasta el Ibón de Marboré, rendir un pequeño homenaje al desahuciado glaciar del Monte Perdido y, si lo vemos claro, saltar hacia Gavarnie por la Brecha de Tucarroya.

Tras dormir en el refugio libre de La Larri –sin puerta, por aquel entonces, circunstancia que la descarada rabosa aprovecha para meter el hocico en nuestras dependencias–, enlazamos con la ascensión al lago de Marboré.

AGUA, HIELO Y CIELO

El día es de catálogo y el escenario, sobrecogedor. Dan ganas de quedarse allí sentados, escuchando el paso de las nubes, el agua, el viento, en una sinfonía que se lleva ensayando cientos, miles de años.

Tras un par de horas de deleite y contemplación, abandonamos el patio de butacas y nos dirigimos hacia un palco también muy panorámico situado en la angosta Brecha de Tucarroya. La canal de subida se trepa bien. El refugio, un auténtico nido de águilas, está completo desde hace horas, así que decidimos continuar, pues tenemos toda la tarde por delante.

En la vertiente francesa del collado no hay nieve ni hielo, pero el terreno, muy inclinado y resbaladizo, obliga a bajar con cuidado. Poco más allá nos aguarda la espectacular Hourquette d'Alans, desde donde descendemos hasta el Refuge des Espuguettes, que tiene zona libre de vivac.

De Gavarnie a Sallent de Gállego
ROCAS SOLITARIAS

Nuestro paso por Gavarnie es breve. Ni siquiera sentimos la tentación de acercarnos hasta el famoso mirador de l'Hotellerie du Cirque. Al contrario, tras comprar un par de baguettes, nos salimos del río de gente y partimos contracorriente, abandonando el pueblo por el GR-10, en dirección a la cabaña de Lourdes, donde dormimos, y la Hourquette d'Ossooue, un paso realmente precioso que nos sitúa a la altura del fotogénico glaciar des Oulettes, en la mítica cara norte del Vignemale.

La zigzagueante bajada hacia el Refuge des Ouletes de Gaube es un regalo para las retinas que guarda una sorpresa final de lo más agradable. En la inmensa explanada dejada por el glaciar, justo enfrente del refugio, también hay un área reservada a los que preferimos dormir en tienda. "Bivouac réglementé: 19 h. - 9 h", reza el cartel.

A la mañana siguiente, el sol refulge sobre los muros del gigante rocoso. Madrugar en lugares así no tiene mérito. Recogemos sin prisa, embobados ante el espectáculo mientras decidimos que hoy abandonaremos las marcas del GR-10 para ir por sendas menos pisadas.

POR LIBRE

A las 8.48 h tomamos una foto del vivac ya vacío y echamos a andar hacia el Col des Mulets. Nos aguarda una jornada de trekking de alta montaña larga pero inolvidable. Sin duda, una de esas que hacen que todo el viaje gire alrededor de una sensación de gozo inmenso. En una etapa así, la hormona del placer se dosifica gradualmente, sin explosiones ni grandes arrebatos. Es un continuo estado de éxtasis, de lectura del terreno, interpretación del mapa y gratificante concentración que te hace sentirte más vivo que nunca.

Desde el Circo del Ara, sin perder apenas altura, cruzamos el Col d'Arratille, para después bajar hasta el refugio Wallon Marcadou y continuar rumbo al laberinto de lagunas de aguas cristalinas y caos de rocas del apartado Col de Cambalès, con tal de salir al Port de la Peyre Saint-Martin, justo por encima del embalse de Campo Plano, donde decidimos parar a hacer noche.

Por la mañana, sólo hay que dejarse llevar hacia el embalse de Respomuso y seguir bajando, con el piloto automático, por caminos anchos, pistas y carretera hasta Sallent de Gállego. Han sido unos días realmente hermosos. Una ducha y una cama no irían mal. Mañana vuelve el mal tiempo.

EN UNA ETAPA ASÍ, LA HORMONA DEL PLACER SE DOSIFICA GRADUALMENTE, SIN EXPLOSIONES NI GRANDES ARREBATOS. ES UN CONTINUO ESTADO DE ÉXTASIS.

De Sallent de Gállego a Hendaya
EL ABRAZO DEL HELECHO

Entre nieblas y con bastantes dudas razonables sobre la ruta que seguiremos en los próximos días, dejamos Sallent de Gállego. El GR-11 se dirige hacia Formigal para después entrar de pleno en la estación de esquí. Mucho edificio, mucho asfalto, muchos remontes, muchos aparcamientos. Antes de llegar al cruce, decidimos tomar un atajo y avanzar campo través por la inclinada ladera, aunque el resultado es similar: mucho dolor de piernas y poco placer en las retinas.

El día no acaba de abrir, pero en los ibones de Anayet el paisaje mejora notablemente y toda la bajada por el Canal Roya la hacemos con la lluvia a punto de derramarse. Candanchú nos recibe frío, vacío y gris.

Tras una plácida noche en el albergue, reiniciamos la marcha en dirección al Ibón de Estanés, un enorme espejo que flota entre la niebla, bajo un paisaje huidizo. Caminamos por la senda de la orilla con la sensación de que nos vamos alejando, poco a poco, de las grandes montañas y, sin darnos cuenta, cometemos el gran error de empezar a pensar que lo mejor del viaje ya pasó.

HUELLAS INVISIBLES

Aguastuertas, Zuriza, Isaba, Irati… Los días van pasando entre hayedos, dólmenes y caseríos. El GR-11 va marcando la pauta, a veces con mucha gracia y otras, por pistas anchas en las que echamos de menos las bicis. Quizá por eso un buen día nos lanzamos a improvisar y perdernos, literalmente, en busca de las huellas invisibles del tímido Basajaun, descubriendo variantes inéditas e irrepetibles por senderos poco pisados tomados por los helechos y bosques en los que las hojas caídas ocultan tus pies.

Casi sin saber cómo, una tarde llegamos a Roncesvalles y experimentamos lo más parecido a un ataque enoclofóbico. A la mañana siguiente, decidimos buscar un puente natural entre el GR-11 y el GR-10.

Encontrarlo no resulta complicado. Un sendero, un camino, otro sendero y alcanzamos la pista que flanquea la divisoria, fácilmente identificable por la hilera de casetas palomeras que la coronan durante kilómetros y kilómetros. Así llegamos a la Venta de Lizaieta y desde aquí seguimos la línea invisible de la frontera hasta las faldas del emblemático Larrún y, un poco más allá, el Collado de Ibardin, donde conectamos con la ruta transpirenaica de la vertiente norte, que nos llevará hasta Hendaya.

Tras una última noche en el bosque, la recta final de la travesía resulta un tanto extraña. La ruta hace lo imposible por evitar la carretera, pero tras tantos días alejados del ruido, todo resulta estridente, desmedido y agobiante.

Han pasado 38 días desde que nos bañamos en el Mediterráneo. Ahora estamos en Hendaya, caminando sobre una pasarela de madera a orillas del Bidasoa. Al otro lado del pueblo, aguarda el Cantábrico. Es mediodía. Estamos flacos. Escuálidos. Queremos bañarnos. Queremos un helado. Somos dos bichos raros que van a la playa con botas, bastones y un gran mochilón.

UN BUEN DÍA NOS LANZAMOS A IMPROVISAR Y PERDERNOS EN BUSCA DE LAS HUELLAS INVISIBLES DEL TÍMIDO BASAJAUN, DESCUBRIENDO VARIANTES INÉDITAS E IRREPETIBLES.

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