Fiordos del Oeste y Península de Snaefellsnes – Islandia

Islandia Fiordos Oeste Península Snaefellsnes

VIAJES I 901 km I 8.404 m+

Islandia - Fiordos del Oeste y Península de Snaefellsnes

LA PENÚLTIMA FRONTERA

EXISTE UN LUGAR, EN EL NOROESTE DE ISLANDIA, EN EL QUE LA ÚNICA CARRETERA TODAVÍA NO HA SIDO ASFALTADA DEL TODO. MÁS ALLÁ DE LA ARCHIPOPULAR RING ROAD, ROZANDO EL CÍRCULO POLAR ÁRTICO, LOS FIORDOS DEL OESTE OFRECEN AL CICLOVIAJERO QUE NO TEME NI A LA LLUVIA NI AL VIENTO NI AL FRÍO UNA PRUEBA VIVIENTE DE LO QUE ERA LA TOTAL INMENSIDAD DE ISLANDIA HACE APENAS DOS DÉCADAS: TIERRAS DE NADIE, NATURALEZA PURA Y CARRETERAS SOLITARIAS.

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker

Luces bajas, interminables puestas de sol, fiordos eternos y ese inconfundible aroma de océano vivo. Pueblos pesqueros a los que sólo se llega por pistas sin asfaltar, pozas termales con vistas al mar y, sobre todo, tranquilidad. Mucha tranquilidad.

Con la única excepción del deshabitado y desértico interior de país, los Fiordos del Oeste son la región más apartada, solitaria e inaccesible de Islandia. Su mala fama se debe a un inclemente clima incluso en verano y a una red vial que pese a haber mejorado últimamente todavía recuerda a eras pasadas.  Todo ello confiere a estas tierras un aura casi mística que las mantiene libres de masificaciones, aunque es imposible adivinar por cuánto tiempo. Una veintena de años atrás, la panorámica Ring Road era el edén de los cicloturistas. Ahora el turno corresponde a las sinuosas carreteras que perfilan la accidentada costa de los Westfjords.

EL MÍTICO PASO DEL NOROESTE

Para nosotros, nunca había sido una prioridad pedalear por esta zona azotada por sempiternas borrascas, pero el destino quiso que aquella primavera fuese más invernal de la cuenta, y que incluso a finales de julio algunas de las pistas de las Highlands permaneciesen todavía cerradas a causa de la acumulación de nieve. Si queríamos internarnos en el desierto de lava tendríamos que esperar al menos un par de semanas, el tiempo perfecto para recorrer los míticos Fiordos del Oeste, una especie de reserva natural no declarada donde parece que el tiempo se ha detenido. Tanto, que hasta el 22 de abril de 2015 una ley promulgada en 1615 por el rey danés Cristián IV permitía dar caza a los balleneros vascos.

ACANTILADOS DE BASALTO HORADADOS POR EL OLEAJE, COLONIAS DE FOCAS Y SIMPÁTICOS FRAILECILLOS, POZAS TERMALES A ORILLAS DEL OCÉANO... EN EL EDÉN DE LAS BORRASCAS, TENTAMOS A LA SUERTE Y, AFORTUNADOS, DISFRUTAMOS DE DIEZ DÍAS SIN LLUVIAS.

RECORRIDO

901 km

Desde Borgarnes hasta Stykkishólmur circunvala la Península de Snaefellsnes para cruzar en ferry hasta Flókalundur y seguir costeando los Fiordos del Oeste hasta Ísafjörður y Staðarskáli, donde enlaza con la Ring Road.

DESNIVEL

8.404 m+

Casi todo el desnivel se encuentra en la zona de los Fiordos del Oeste. Aunque algunas ascensiones son largas, el mayor inconveniente del ciclista nunca serán las subidas, sino el viento, la lluvia, etc.

DIFICULTAD

3/5

La dureza del itinerario depende más de la inestable meteorología que del terreno. La ruta es 100% ciclable. Casi todo el recorrido está pavimentado, aunque quedan sectores de tierra y grava.

ATRACTIVOS

☆ ☆ ☆

Los puentes de roca de Arnarstapi, la desafiante silueta del volcán Snæfellsjökull, la colonia de frailecillos de Látrabjarg, los fiordos sin fin, las aguas termales, las focas sesteando sobre islotes de algas, la cascada de Dynjandi...

El pequeño gran cambio de planes eclosiona en el sótano de una de las casas más antiguas de Reykjavík –de madera y chapa, por supuesto–, mientras disfrutamos de la hospitalidad de unos amigos a los que conocimos durante una travesía por las Highlands dos años antes.

En el exterior llueve, y el servicio nacional de información vial mantiene cerradas las pistas que queremos utilizar durante una nueva incursión 'coast to coast' por el centro del país. La única opción es aguardar a que la nieve se derrita. Pero mientras tanto, queremos hacer algo más que esperar.

Entonces, alguien dice: "¡Id a los Westfjords! Es lo más auténtico. Os encantarán. Y después de rodar por allí, os vais hacia las Highlands".

A la mañana siguiente abandonamos la capital en el autobús de Straeto que va hacia Borgarnes. Nuestro primer destino es la Península de Snaefellsnes, que luce coronada por el espectacular volcán cubierto de glaciares que inspiró a Julio Verne para su novela Viaje al centro de la tierra y que nosotros rodeamos a capricho del inmisericorde viento.

Pedaleamos por la única carretera que circunvala el perímetro peninsular, parando unas veces para admirar el paisaje y otras tantas para recuperar, in extremis, el equilibrio, aunque no siempre con éxito. Cansados de esta lucha sin cuartel, en Arnarstapi aparcamos las bicicletas para ir a pasear por el panorámico sendero costero que llega hasta Hellnar entre formaciones basálticas, cuevas horadadas por el oleaje y arcos naturales de roca.

Por la tarde, el viento sopla aún con mayor virulencia y somos incapaces de mantener las bicicletas dentro de la carretera, así que tras varios sustos no nos queda otro remedio que izar la bandera blanca y plantar la tienda en el interior de una especie de cráter.

La ventolera amaina a las tres de la madrugada. Como a esa hora ya hay luz, decidimos abandonar el improvisado búnker y reanudar la marcha. Una hora después, en plena calma, doblamos la esquina en el punto más occidental de este brazo de tierra y hielo. Pese al frío y el madrugón, el recorrido nos regala paisajes sobrecogedores, profundos acantilados de roca negra, ríos de lava y playas de color melocotón.

CAMINOS DE TIERRA VOLCÁNICA

En la costa norte, de camino a Stykkishólmur, descubrimos un paisaje más solitario y salvaje. En cuanto el mapa nos brinda la oportunidad, justo antes de cruzar un moderno puente que salva el fiordo por la directa, decidimos seguir por el viejo trazado, que da un leve rodeo y que a su vez, un poco más allá, nos invita a tomar una pista de tierra aún más antigua, pero todavía transitable, que serpentea por un inmenso campo de lava llamado Berserkjahraun.

Entre cráteres y caóticos ríos de lava, damos con una zona de acampada libre y gratuita que no podemos desaprovechar. Tenemos toda la tarde para descansar. Mañana llegaremos al puerto de Stykkishólmur temprano con tal de darnos un baño en sus piscinas termales y reponer nuestra despensa antes de embarcar en el ferry que nos llevará, en apenas cinco horas, hasta los Fiordos del Oeste.

Una vez en la región de los Westfjords, no dudamos a la hora de desviarnos –aunque implique 100 km por pistas de tierra entre ida y vuelta– para visitar los acantilados de Látrabjarg, el punto más occidental de Europa y probablemente también uno de los más ventosos, donde podremos observar de cerca una colonia de simpáticos y fotogénicos frailecillos –o puffins–, esas vistosas aves de picos de colores que anidan junto a otras especies en estos inexpugnables precipicios que se alzan más de 400 metros sobre el océano.

Pese a la simpatía que provocan entre los viajeros, conviene tener presente que la población local se alimentó durante décadas de sus huevos y su carne. De hecho, el puffin sigue siendo un plato selecto que se ofrece en algunos restaurantes. La técnica utilizada para cazarlos obliga a descolgarse con cuerdas y redes desde lo alto de los acantilados. Precisamente la pericia y el arrojo de los cazadores de puffins de la región resultaron vitales cuando en 1947 un barco inglés se hundió en estas costas y todos los miembros de la tripulación fueron rescatados e izados uno a uno pared arriba.

Unos 2 km antes del faro del "Finisterre de Europa" encontramos un área de camping gratuita, muy básica y tranquila, llamada Kárnafit campsite. Hay WC y agua potable, pero no duchas ni agua caliente. De camino hasta aquí paramos en Hnjótur, donde hay una cafetería y un interesante museo con artefactos diversos, incluido un avión de la United States Navy.

Continuamos el viaje resiguiendo el contorno de esta región que sobre el mapa parece la cornamenta de un alce. Rodamos entre fiordos, playas y montañas que caen a filo sobre el océano en calma, en el que a veces creemos haber vislumbrado el lomo de una tímida ballena. También toca escalar algunos puertos, breves pero rotundos, en un ambiente entre alpino y desértico que siempre da paso a un nuevo brazo de mar.

Después de varios días sin apenas ver el sol y pedaleando por debajo de los 10ºC, un manantial de agua termal se convierte en auténtico maná divino. Una de las mejores pozas termales de los Westfjords es la que construyeron un grupo de voluntarios en 1975 frente al fiordo de Reykjafjörður, a escasos 50 metros de la carretera de tierra que comunica Bíldudalur con Hrafnseyri. El manantial brota unos metros más arriba, a 52ºC, pero la piscina de Reykjafjardarlaug se mantiene a 38º. Aunque en 2016 permaneció cerrada (nosotros estuvimos allí en 2015), todo indica que vuelve a estar operativa.

Con 100 metros de caída en forma de hermosa escalinata, Dynjandi –también conocida como Fjallfoss– es sin duda la cascada más espectacular de los Fiordos del Oeste. Llegamos a ella a la mejor hora, por la tarde, cuando el sol la ilumina, después de coronar y descender un panorámico y frío paso de montaña por una carretera de tierra.

Además, a sus pies se ha habilitado una espectacular zona de acampada gratuita básica. Desde las tiendas, un sendero señalizado permite llegar a pie en apenas 5 minutos hasta la catarata.

El viaje continúa hacia la capital de la región, Ísafjördur. Con un censo de 2.600 almas, es el asentamiento más grande de los Fiordos del Oeste, algo que en estas latitudes se considera como una auténtica aglomeración humana.

En el centro histórico se conserva un buen número de casas de madera del siglo XVIII y nos sorprende el animado ambiente. Quien lo desee encontrará buenos restaurantes –el marisco y los productos del mar son la especialidad local– y acogedores cafés que, con la calefacción siempre al máximo, invitan a guarecerse de las habituales inclemencias del tiempo.

También hay un Museo Marítimo de los Fiordos del Oeste, lleno de reliquias de la época de los balleneros, que puede ser de gran ayuda para comprender el origen y la era dorada de este aislado puerto, en el que nosotros retomamos fuerzas antes de continuar viaje hacia Reykjanes.

Nuestro periplo prosigue por la recortada costa. Unos 70 km al este de Ísafjördur, en dirección a la península termal de Reykjanes, tras doblar un cabo aparece una colonia de parsimoniosas focas visible desde la carretera. Para hacernos una idea del carácter confiado de la población de esta región, un granjero local ha dejado allí, dentro de una caja, unos prismáticos para quien desee observarlas con más detalle, además de varios frascos de mermelada casera y una hucha donde meter los 6 euros que cuesta cada tarro.

Así son los Westfjords. Naturaleza a lo grande, gente confiada y, cuando la meteorología acompaña, tranquilidad, mucha tranquilidad.

Sólo un día más allá, con un viento favorable que puede virar en cualquier momento, regresamos al mundo real, en el área de servicio de Staðarskáli, donde para el autobús que nos llevará por la ahora transitadísima Ring Road, con destino a nuestra nueva aventura.

PEDALEAMOS HASTA EL PUNTO MÁS OCCIDENTAL DE EUROPA, DONDE HABITA UNA COLONIA DE HERMOSOS FRAILECILLOS –O PUFFINS–, ESAS VISTOSAS AVES DE PICOS DE COLORES QUE ANIDAN EN PRECIPICIOS QUE SE ALZAN MÁS DE 400 METROS SOBRE EL OCÉANO.

GALERÍA DE IMÁGENES
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