Orbea Cadí Challenge 2017

Orbea Cadí Challenge 2017 I BACKROADS I CONUNPARDERUEDAS.com

BACKROADS I 245 km I 5.000 m+

Orbea Cadí Challenge 2017

CICLISMO DE ALTURA

PEDALEAR ALREDEDOR DE LA SIERRA DEL CADÍ, POR SOLITARIAS CARRETERAS DE MONTAÑA, DISFRUTANDO DEL MEJOR CICLISMO, ÉSE QUE TE SEDUCE CON PAISAJES VÍRGENES, CUESTAS IMPOSIBLES Y PASOS ÉPICOS. LA ORBEA CADÍ CHALLENGE NOS BRINDA LA OPORTUNIDAD DE RETARNOS Y DESCUBRIR, SOBRE LA MARCHA, OTRA MANERA DE VIVIR EL CICLISMO.

Texto: Sergio Fernández Tolosa / Fotos: Sergio Fernández Tolosa & Gonzalo Rodríguez

Cuando el mismísimo Jordi Laparra, el visionario que hace casi tres décadas tuvo la genial idea de trazar un recorrido en mountain bike entre el Mediterráneo y el Cantábrico siguiendo los Pirineos, te propone participar en la Orbea Cadí Challenge para pasar dos días pedaleando por las carreteras más encantadoras del Cadí, realizando un circuito que él mismo ha diseñado en sus ratos libres, no existe el no por respuesta. Su innato y perenne entusiasmo resulta altamente contagioso, y sus rutas siempre van más allá de lo común y lo establecido, invitando a dar una vuelta extra de pedal. Por todo ello, no tardamos ni medio segundo en pedir fiesta para ese fin de semana.

ACERO SOBRE EL ASFALTO

El viernes a mediodía nos subimos al tren con rumbo al Pirineo y un miniequipaje embutido en la bolsa de sillín de bikepacking. Nos apeamos dos horas después en el andén de Campdevànol. Amelia pilota una hermosa y recién estrenada Bellé Cycles de alquiler, de tubería Columbus, soldada y pintada en la Ciudad Condal, que ha conseguido a través de Ride Barcelona. Yo, mi Surly Straggler –la "rezagada" más todoterreno–, equipada esta vez con neumáticos de ruta.

Guardiola de Berguedà y la Orbea Cadí Challenge nos esperan 33 km más allá, al otro lado del Coll de Merolla. Será un agradable y revitalizante paseo, fluyendo a través de bosques y prados, cuesta arriba y cuesta abajo, parando en las fuentes por el mero capricho de paladear distintas aguas. Nos sentimos libres, dichosos, a punto para vivir un verdadero "perfect weekend".

LA ORBEA CADÍ CHALLENGE NACE COMO MARCHA DE DOS DÍAS, CONDICIÓN POCO HABITUAL QUE DA PIE –Y PEDAL– PARA DAR LO MEJOR DE UNO MISMO, TANTO SOBRE LA BICICLETA COMO CUANDO EL ARCO DE META YA HA QUEDADO ATRÁS.

RECORRIDO

245 km

El itinerario es circular y se sirve en dos espectaculares etapas, con inicio en Guardiola de Berguedà y Bellver de Cerdanya, respectivamente. Busca siempre las carreteras de montaña más solitarias, bucólicas y retorcidas de la Sierra del Cadí.

DESNIVEL

5.000 m+

Con 3.050 m+, el primer día es el más exigente y también el que presenta las rampas más fuertes, especialmente en el último tercio de la etapa. El segundo día es más suave, aunque hay tres puertos que merecen respeto. El último, tanto de subida como de bajada.

DIFICULTAD

5/5

Muy exigente a nivel físico, sobre todo por los desniveles acumulados. Es una ruta para ciclistas consumados que no se arrugan ante rampas de porcentajes contundentes ni descensos revirados y deliciosamente tortuosos que exigen concentración absoluta.

ATRACTIVOS

☆ ☆ ☆

Los bellísimos paisajes del Cadí, los pasos por collados remotos y poco conocidos, la sensación de rodar por carreteras de otra época, la convivencia con el resto de ciclistas, los cuidados avituallamientos, la asistencia mecánica en ruta, los tés helados en meta...

CRÓNICA DE LAS ETAPAS

COMO LOS PRO, PERO SIN PRISAS

Animados por la épica banda sonora de Juego de Tronos, los 150 participantes de la Orbea Cadí Challenge –casi todos uniformados con el ajustadísimo e impoluto maillot oficial de la prueba–, tan pronto cruzamos el arco de salida, ponemos rumbo a las alturas.

La primera cuesta se nos atraganta ligeramente, quizá porque minutos antes engullíamos las tostadas del desayuno. Todo ha ido demasiado rápido esta mañana. ¡Y eso que llegamos ayer por la tarde para tenerlo todo preparado y, por supuesto, hemos madrugado! Pero la falta de práctica y un cierto exceso de confianza han hecho que se nos echase la hora encima. Al final hemos hecho uso del sentido común repartiendo las tareas. A Jordi, que hoy luce las piernas perfectamente rasuradas –"no me depilaba desde hacía lo menos 15 años"– pero que instantes previos a la salida sigue sin subirse los tirantes del maillot, le hemos encomendado la misión de estampar los nombres de todos nosotros en el ceremonioso libro de firmas. Nosotros, mientras tanto, nos untamos protección solar de factor 50 por todo el cuerpo.

Una vez en marcha, los nervios se diluyen. Es el poder del movimiento. A esta hora el valle está en sombra y la carretera nos iza por una serie de curvas hasta la ermita de Nostra Senyora de les Esposes, que hace un instante, desde abajo, divisábamos como algo inexpugnable. Al salir de Sant Julià de Cerdanyola, la ruta se convierte en pista asfaltada y nos pide un piñón más.

La jornada promete ser calurosa. Pedaleamos de pie unos metros y en pocos minutos coronamos bañados en sudor el primer puerto del día: la Collada de Sobirana. El paso de montaña nos acoge entre densos bosques y nos regala un descenso memorable por una estrecha y revirada culebra de asfalto hasta La Pobla de Lillet.

Sin perder tiempo rellenamos los bidones en la fuente que hay junto al Pont Vell y continuamos hacia el segundo paso de montaña, el Coll de Merolla. A media subida sorprendemos a un zorro que en vez de huir siente curiosidad por los dos ciclistas que han parado por el mero placer de contemplarle. Cuando finalmente pierde el interés y se adentra en la espesura, nos quedamos unos segundos escuchando el silencio.

COLL DE LA CREUETA, TECHO DEL RECORRIDO

La tercera cuesta digna de mención empieza poco más allá, al desviarnos hacia el Castell de Mataplana, antes de llegar a Gombrèn. La carreterilla se empina entre pinares, prados verdes, rocas rojizas y rebaños de rumiantes que pacen en las faldas de la Serra del Montgrony.

Por la panorámica pista salimos al km 11'5 de la carretera del Coll de la Creueta, en las afueras de Castellar de n'Hug y a sólo 10 km del paso de montaña. En esta carretera, más principal y transitada, aunque también muy escénica, nos cruzamos con varios grupos de motoristas y una marcha de automóviles clásicos. Pese a la altitud, el calor aprieta y en el vagón de cola se dan los primeros abandonos. La motocicleta de los Mossos d'Esquadra y la ambulancia nos pisan los talones.

El descenso nos lleva sin esfuerzo hacia la Collada de Toses y Alp, para conectar con Bellver de Cerdanya por carreterillas de tercer orden. En el km 96 de etapa, pasamos por la puerta del albergue donde dormiremos esta noche. Amelia, aquejada de un agudo y extraño dolor en la planta de los pies, decide quedarse. Yo, aunque también acuso un cierto cansancio, siento una irrefrenable curiosidad por el bucle final de casi 40 km que nos aguarda más allá de Prullans.

PURO PIRINEO, AUTÉNTICO CICLISMO

Tras el segundo avituallamiento, empieza la penúltima subida del día, que arranca con una rampa verdaderamente pavorosa. Por suerte es cortita y una vez fuera del pueblo, la pendiente se humaniza y nos lleva hasta Coborriu de la Llosa por un paisaje rural típicamente pirenaico.

De pronto, tras una serie interminable de curvas, la pequeña carretera apunta hacia la cara norte del Cadí, que nos saluda majestuosa. Estamos en Lles de Cerdanya, donde apetece parar a beber agua helada de su fuente, que data de 1703. El descenso resulta adrenalítico, especialmente en el tramo todavía no modernizado, y llegamos a Martinet, donde cruzamos el río Segre e iniciamos la última trepada a Montellà.

A partir de ahí, la Orbea Cadí Challenge da el último brochazo a la etapa, confirmando su identidad. En los últimos kilómetros nos recuerda que es una travesía que apuesta por el ciclismo heroico, el que no se arruga ante el asfalto antiguo, el que sabe leer virajes imposibles, el que disfruta redescubriendo rutas perdidas.

La meta de Talló nos acoge a los pies del Cadí, entre dorados campos de cereales y oleadas de amapolas. Llevo casi ocho horas sobre la bicicleta y siento una maravillosa mezcla de fatiga y fogoso entusiasmo. Jordi y sus piernas depiladas han llegado hace un buen rato –él ha rodado a otro ritmo, junto a sus amigos Sergi Llacuna y Ariadna Cambronero– pero parece rezumar la misma emoción que yo noto en mis carnes. También Amelia, que ya se ha duchado y cambiado, para acercarse después paseando hasta la línea de meta.

Es hora de recuperar energías, de saborear la sandía, el melón, el té helado y relamerse con las mil y una anécdotas. De ir hacia el albergue, tumbarnos en el jardín, a la fresca, con las piernas en alto. De merendar, charlar de viajes, bicicletas, rutas de ayer y de mañana... De cenar, de dormir y soñar con los puertos del día siguiente.

TRIPLETE COLOSAL: TRAVA, JOSA Y PRADELL

El domingo, el sol nos saluda radiante mientras desayunamos en el completo buffet del comedor del albergue, que ofrece una espléndida panorámica del Cadí. La experiencia es un grado y hoy recogemos todo con eficiencia y sigilo, para tomar la salida puntualmente, en suave bajada, hacia La Seu d'Urgell. Empezamos con 31 km de tramo neutralizado en que el pelotón circula agrupado, por la N-260, también conocida como Eje Pirenaico. Vamos raudos y veloces, aprovechando la estela de los más rápidos, siempre custodiados por los motoristas de los Mossos y diversos vehículos de la organización.

Al llegar a La Seu, el track de la ruta nos indica la dirección al Coll de Trava, al que subimos sin perder el aliento, regulando nuestras fuerzas, pues sus rampas son suaves y progresivas, mientras disfrutamos del paisaje y el frescor de la mañana.

En la cima nos espera el primer avituallamiento, que es idéntico a los de la jornada anterior, seguido de un primer descenso y varios toboganes que nos sitúan primero en Cornellana y, segundos después, a orillas del río de la Vansa.

ENTRE MONTAÑAS Y RESOPLIDOS

Ya en la vertiente sur del macizo, bajo un sol que endurece la cuesta y amenaza con fundir el asfalto, volvemos a subir piñones. La estrecha carretera sigue el curso de un arroyo cuyas tintineantes aguas se entretienen, ociosas, en tentadoras pozas. Pese al calor, nos esforzamos por ignorar el sugerente canto de sirenas, pues el vagón de cola acecha y no queremos volver a sentir el arrullo de la moto escoba mientras pedaleamos por este bucólico paraíso.

De soslayo vemos el pueblo de Tuixent, y unos cuantos resoplidos más allá, el de Josa de Cadí, que corona una puntiaguda colina que se eleva, a su vez, sobre un valle completamente rodeado de montañas.

En los últimos 2 km del Coll de Josa, de improviso, la pendiente se acentúa. Por un momento, me siento como una berenjena a punto de ser convertida en escalivada en un inmenso horno. No corre ni una brizna de aire y el agua del bidón serviría para preparar una rica infusión.

LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

En el avituallamiento de Gósol, procuramos perder el mínimo tiempo posible, para encarar con mayor tranquilidad la ascensión al último puerto del día. Hasta el Coll de la Trapa avanzamos por una serie de toboganes, en dirección a Saldes, pero poco antes de coronarlo nos desviamos a la derecha. La ascensión al Coll de Pradell, con el Pedraforca a nuestras espaldas, nos regala un escenario espléndido que muta a medida que ganamos altura, desde las areniscas rojas de las partes más bajas a los bosques casi alpinos de las cotas más altas. Es el colofón a un fin de semana de cicloturismo de primera.

Una vez en lo alto, chequeamos los frenos y nos lanzamos cuesta abajo hasta el fondo del valle en un eterno descenso de fantasía, de ésos en los que a uno se le olvida que la bicicleta lleva pedales.

A la hora de la comida, estamos en meta, felices de habernos apuntado a una marcha cicloturista de dos días, un formato poco habitual pero que ha demostrado ser una ocasión única para promover la convivencia y el contacto con el resto de ciclistas, que en este tipo de encuentros suelen salir pitando hacia sus hogares nada más cruzar la línea de meta. Porque el ciclismo, todos lo sabemos, es mucho más que koms, vatios, pulsómetros y clasificaciones: también puede ser, sencillamente, escapar un par de días del mundanal ruido, retando a las alturas y explorando los bellos parajes del mundo en que vivimos.

LA ASCENSIÓN AL COLL DE PRADELL NOS REGALA UN ESCENARIO ESPLÉNDIDO QUE MUTA A MEDIDA QUE GANAMOS ALTURA: DESDE LADERAS ACARCAVADAS Y ARENISCAS ROJIZAS A BOSQUES ALPINOS.

GALERÍA DE IMÁGENES

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