TransAlpes MTB (I) Portbou – Courmayeur

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VIAJES I 1.006 km I 16.225 m+

TransAlpes I Portbou - Courmayeur

PARAÍSOS DE ROCA Y HIELO

EN LAS ALTURAS, LA FRONTERA ENTRE EL PARAÍSO Y EL INFIERNO PUEDE SER UNA LÍNEA DELGADA Y DIFUSA, PRÁCTICAMENTE INVISIBLE. POR ESO NOS ACERCAMOS HASTA ELLAS CON CAUTELA, EN UN LARGO VIAJE QUE NOS HA DE LLEVAR DESDE EL PIRINEO MÁS MEDITERRÁNEO HASTA EL CORAZÓN DE LOS ALPES. Y, QUIÉN SABE, QUIZÁ, INCLUSO MÁS ALLÁ.

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker

La estrecha y sinuosa carretera se ha convertido en pista. La pista, en camino. El camino, en senda. Y la senda, en una huella borrosa y torpe que se abre paso, como puede, entre inmensas rocas, ruidosas cascadas y profundos acantilados. Al fondo del valle se adivina un llano. Al otro lado, la cumbre del Gran Paradiso (4.061 m), desbordada de glaciares, rodeada de montañas puntiagudas de apariencia inexpugnable. Entonces, un trueno desgarra la plácida atmósfera acallando el silbido de las marmotas. Ha sonado terroríficamente cerca.

Acabamos de superar el Colle del Nivolet (2.612 m), dejando atrás el Valle del río Orco, en dirección a un descenso incierto hacia el Valle de Aosta, donde concluye la primera parte de esta larga travesía que tanto hemos soñado y que desde hace 16 días es más real que imaginada. Concentrados al máximo, descendemos hasta el anhelado claro rodeado de hermosas montañas, donde pretendemos tomarnos el primer día de descanso del viaje.

LA INMENSA LLANURA DEL SUR DE FRANCIA SE NOS HACE ETERNA, PUES EN REALIDAD VIAJAMOS ÁVIDOS DE DESNIVELES, QUE NO LLEGAN HASTA MÁS ALLÁ DE AVIGNON, DONDE AVISTAMOS, POR FIN, LA INCONFUNDIBLE SILUETA DEL MONT VENTOUX.

RECORRIDO
1.006 km

Con inicio en Portbou, donde los Pirineos se funden con el mar, y final en Courmayeur, a los pies del Mont Blanc, se atraviesa el sur de Francia en busca de los Alpes, pasando por Avignon, Embrun, Briançon, Sestriere...

DESNIVEL
16.225 m+

Perfil considerable, pero del todo asumible. La media diaria solía rondar los 1.000 metros positivos, aunque más de un día los doblamos. Las etapas menos atractivas fueron precisamente las más llanas, antes de llegar a Bedoin.

DIFICULTAD
3/5

Aunque la carga añadida del equipaje pueda parecer la mayor de las dificultades en un viaje por los Alpes, lo más complejo fue encontrar una ruta libre de tráfico motorizado en plena temporada estival.

ATRACTIVOS
☆ ☆ ☆

Rodar por la Strada dell'Assietta, coronar el Mont Ventoux y el Col d'Izoard, atravesar el parque nacional del Gran Paradiso por el Colle del Nivolet y completar el primer sector del viaje a los pies del Mont Blanc.

CRÓNICAS DEL VIAJE

El periplo arranca en la estación ferroviaria de Portbou, bajo un solazo infernal propio del mes de julio. Tras una breve ascensión, que enfilamos cargados de enseres y optimismo, casi eufóricos, pues los preparativos del viaje han sido aún más infernales, cruzamos la primera vieja frontera de la travesía. En lo alto, Francia, el país del fromage, el croissant, la quiche, el champagne, el paté y, por supuesto, la petanca.

Los primeros días de un viaje cicloturista suelen servir para acostumbrarse al ritmo propio del ciclonomadismo, pero en esta ocasión nos está costando un poco más de lo habitual. Tras varias maratonianas etapas con viento en contra y carreterillas un poco demasiado concurridas, no acabamos de entrar en el viaje. Siempre que es posible, evitamos las vías principales, yendo por caminos de montaña o rutas vecinales que aparecen muy claras en los mapas de TopoFrance que llevamos en los GPS, pero cuando no queda otra alternativa que el asfalto, quizá a causa de las fechas –es temporada alta–, el tráfico motorizado resulta insoportablemente estresante.

La inmensa llanura del sur de Francia se nos hace eterna, pues en realidad viajamos ávidos de desniveles, que no llegan hasta más allá de Avignon, donde avistamos, por fin, la inconfundible silueta del Mont Ventoux (1.912 m), que distinguimos mientras pedaleamos rodeados de viñedos.

Tras estudiar el mapa y hacer acopio de agua, galletas y paciencia, optamos por subir desde Bedoin, por una senda que se convierte en pista, aunque muy rota, poco más arriba, para seguir ganando altura rápidamente. En total, serán 1.600 metros de desnivel positivo hasta la cumbre, que en los últimos 5 km haremos por la carretera asfaltada, en la que disfrutamos de un continuo desfile de cicloturistas y ciclistas que también suben hasta el punto más alto de esta montaña desértica de apariencia marciana, adornada en su cúspide por un edificio con forma de cohete que recuerda irremisiblemente a la portada de Objetivo: la Luna, de las aventuras de Tintin.

Una vez arriba, vislumbramos, al fin, los Alpes, que se alzan sobre el horizonte, mostrando un paisaje alentador, totalmente distinto al de los últimos días.

El primer tramo de descenso lo hacemos por la carretera, pese a que hay una senda trialera que desciende directamente hacia Mt. Serein –sin tanta carga, seguro que sería una gozada, pero nos parece un poco demasiado pedregosa y empinada tras tantos días de llanura–, pero a partir de Mt. Serein sí seguimos bajando por caminos, en un eterno descenso por el interior de sombríos bosques, que contrastan drásticamente con los yermos pedregales de la vertiente opuesta de la montaña.

En las siguientes etapas, pedaleamos junto a arroyos, por pistas y carreterillas que suben y bajan puertecillos de alrededor de mil metros de altitud, cruzando espectaculares gargantas de roca, alimentándonos de camembert, baguettes y pequeños melones amarillos que engullimos a pares.

Después del desaliento de la masificada costa francesa en pleno verano, por fin llegamos a esos rincones de la Francia profunda que salen en las películas románticas americanas, ésas en las que la protagonista, siempre de Nueva York, se enamora de un bohemio con poblado bigote que planta calabacines en un pequeño huerto y dibuja al carboncillo aves al vuelo.

Otra de esas fronteras psicológicas del viaje hacia los Alpes la superamos al entrar en el departamento de Hautes Alpes. Con los mapas de TopoFrance esquivamos todos los tramos de carreteras principales, pero de vez en cuando la pesadilla del tráfico es inevitable, como en la entrada a Embrun, capital mundial del triatlón de larga distancia. Su versión del Ironman es épica de verdad, pues en el tramo ciclista se sube, entre otros, el Col d'Izoard (2.360 m), que nosotros también disfrutamos en nuestras carnes y nuestras retinas, con su larguísima ascensión, primero por un desfiladero labrado por un río de aguas turquesas, y más allá por el típico puerto de montaña serpenteante que te lleva a través de un bosque de abetos, con un final verdaderamente dramático, atravesando un crudo desierto extraterrestre decorado por una docena de torres rocosas cobrizas, rodeadas de montañas de 3.000 metros.

En la cumbre, coincidimos con más turistas de los esperados –y deseados–, pero también con una cicloturista septuagenaria y una familia de cicloviajeros suizos. Todos queremos una foto junto al obelisco de la cima, incluso los que suben en coche, autocaravana o motocicleta. Son instantes de satisfacción, por la meta conseguida tras horas de esfuerzo, pero también por la prolongada bajada –de nada menos que 20 km– que nos espera hasta Briançon.

Tras comprar unas bonitas postales en el casco viejo de Briançon, nos dirigimos hacia La Vachette, donde abandonamos el asfalto tomando el viejo camino que sube hacia el Col de Montgenèvre y Clavière. Al principio cuesta un poco trepar con la bici por sus desniveles de entre el 12 y 15%, con firmes bastante irregulares, pero luego las pendientes se suavizan y disfrutamos de una ascensión tranquila y relajada que culmina con una etapa muy natural y silenciosa, lejos de coches, motos y camiones.

La entrada a Italia se percibe fácilmente al llegar a Clavière, por la fachada de una pequeña iglesia, decorada con varios santos y una virgen, la sorprendente abundancia de Fiat Panda que circulan a toda velocidad y por el letrero de "pizza al taglio" de un restaurante que hay junto al templo.

A partir de aquí, tomamos otro camino que sube por una pista de esquí. Se trata de una ascensión "facultativa" que hacemos hasta el Colle di Bercia (2.248 m) con tal de evitar de nuevo la carretera. El firme es pedregoso y los desniveles nos obligan a usar el plato pequeño, pero los paisajes son realmente espectaculares.

Tras pasar junto a dos refugios de montaña con más apariencia de hotel con terraza que otra cosa, alcanzamos las orillas del lago Nero, para seguir bajando, siempre muy atentos a los potenciales llantazos, hasta Bousson, lo que significa nada menos que mil metros de desnivel negativo del tirón.

Al llegar al pueblo, preguntamos por un camping y nos envían a Sestriere, que queda 600 metros más arriba, aunque tampoco están muy seguros de si en estos campings se puede acampar con tienda o son únicamente para alquilar bungalows. Ante el panorama, decidimos intentarlo y subimos por la vieja carretera de Grangesises.

Al llegar a Sestriere, hambrientos como perros lazarillos, asaltamos una pequeña tienda de alimentación que está a punto de cerrar. El dueño resulta ser un tipo realmente simpático. Nos invita a frutos secos –le habían caducado ese mismo día– y nos dice que podemos acampar junto al lago Losetta, que se encuentra en mitad de la población –exactamente detrás del Hotel Lago Losetta–, dándonos instrucciones por si aparece el dueño del hotel y nos increpa de algún modo: "Decidle que Carlo os envía".

Una vez en el laguito, vemos que hay otra tienda ya plantada. Resulta que este fin de semana se celebra aquí una prueba de DH. No seremos los únicos que duerman esta noche a ras de suelo.

A la mañana siguiente, empezamos la que seguramente será una de las etapas más hermosas del viaje hasta el momento.

De entrada, amanece soberbio. Cielo azul por todas partes y la nítida luz promete una jornada de paisajes memorables, sobre todo si tenemos en cuenta que vamos a seguir subiendo –ya estamos a 1.900 metros– hasta la cota 2.500 y seguiremos pedaleando, siempre por pistas y caminos, a esta altitud durante todo el día. Se trata de la travesía de la Strada dell'Assietta, una red de pistas de montaña construida con fines militares a finales del siglo XIX para unir una compleja línea de fortificaciones que se habían erigido en lo más alto de estas montañas para protegerse de las invasiones francesas.

Para nosotros, y para muchos otros bikers, la Strada dell'Assietta significa hoy un viaje en sí mismo, superando en pocos kilómetros el Colle Basset, el Colle Blegier, el Colle Bourget, el Colle dell'Assietta… Todos ellos por encima de los 2.300 metros, disfrutando de paisajes alpinos a ambos lados de la sierra, cubierta de pastizales en los que corretean las marmotas.

También significa descubrir la facilidad con la que pueden cambiar las condiciones meteorológicas en este terreno de alta montaña. Calor sofocante, viento helado, lluvia, niebla cegadora… Tras vivir varias estaciones del año en apenas unas horas, llegamos a un pequeño campeggio donde se puede acampar por sólo 7 euros. La cena la sirven a 2 km, en una casa en mitad de un pequeño y solitario paraíso en el que, cómo no, llueve, llueve, llueve y, cuando deja de llover, vuelve a brillar el sol, aunque sea durante unas horas. Por algún motivo está todo tan verde.

A la mañana siguiente, nada más salir del camping, sorprendemos a un cervatillo correteando por los prados, que huye dando un rodeo para esquivarnos, al igual que una veloz liebre, que opta por una pista sin asfaltar para poner tierra de por medio. A nosotros nos espera un breve tramo de ascensión asfaltada hasta el Colle delle Finestre (2.176 m), puerto por el que pasó el Giro d'Italia de 2005 y, según dicen los lugareños, pasará el Tour de France de 2014. Desde la cumbre, coronada por un viejo fuerte en ruinas, descubrimos el larguísimo descenso, sin asfaltar, que se pierde por la vertiente opuesta.

Tras la interminable bajada –1.600 metros de desnivel sin dar una sola pedalada– llegamos a Susa, y de aquí a Condove, utilizando una ciclostrada que une pequeños pueblos y barrios sin ganar casi desniveles. A falta de campings, no nos queda otro remedio que iniciar una nueva ascensión, esta vez hacia el Colle del Colombardo (1.898 m), que está asfaltada prácticamente hasta Prato del Rio, y luego prosigue por caminos de tierra y piedras hasta su cota más elevada, que curiosamente está más alta que el propio collado, pues el GPS indica una altura máxima de 2.094 metros.

Tras dormir en un pequeño prado, reiniciamos la ascensión en mitad de la densa niebla, que no nos deja ver a más de cinco metros. Durante el descenso, que afrontamos abrigados como si estuviésemos en el Polo Norte, sufrimos un siempre inoportuno pinchazo por llantazo –el exceso de peso en las alforjas, sin duda, es el causante–, para luego continuar con más cuidado el eterno descenso hasta Villa, ya en el Valle de Viù.

Por la tarde, ya acampados en un camping del todo felliniano –estamos en Italia, no hay duda de ello–, nuevo diluvio universal. Efectivamente, hoy no era el mejor día para hacer la colada.

Para llegar a Locana, puerta de entrada en el acogedor –pese a su nombre– Valle del río Orco y acceder al parque nacional del Gran Paradiso, improvisamos una ruta por caminos vecinales en los alrededores de Turín con la ayuda del mapa del GPS.

Por la tarde topamos por casualidad con una "vía verde" que nos lleva por prados y bosques, enlazando típicos pueblecillos piamonteses, muy auténticos, con casas centenarias, calles adoquinadas, vírgenes, santos y esquelas en cada esquina, fuentes de agua helada… Estos lugares parecen salidos de una película de género costumbrista.

A partir de Rosone, la carretera se pacifica significativamente, y en Fornetti, una aldea en la que viven sólo cuatro familias, donde paramos a engullir un melón que habíamos comprado el día antes –en Italia los melones son pequeños–, una señora nos invita a café, que nos saca en una bandeja, dándonos conversación hasta la hora de inicio de Beautiful, la teleserie del mediodía.

El paisaje crece por momentos. Subimos lentamente por la vieja y estrecha carretera, abandonada hace casi dos décadas, cuando se perforó el túnel que lleva a Ceresole Reale, bañándonos en las frías y traslúcidas aguas del río Orco, donde avistamos algunas esquivas truchas, que nadan entre aguas agitadas sobre bloques inmensos de granito.

Por la noche, acampamos entre una docena de tiendas de escaladores, todos muy cachas, que se conocen cada una de las grietas de las oscuras paredes que se alzan hacia el cielo en este tramo del valle. Los hay que asan truchas pescadas en un estanque próximo, donde las crían y ceban para su venta. Nosotros nos contentamos con unas latas de potaje receta de la nonna, que al día siguiente nos dan fuerza y poder para ascender hasta el Colle del Nivolet (2.612 m), el más alto hasta ahora de todo el viaje.

Coronamos felices, en plena forma, incluso con energías para dar saltos de alegría junto al cartel de la cumbre, conscientes de que al otro lado se cierra una primera etapa, de que llegados al Gran Paradiso lo siguiente es el Mont Blanc, icono máximo de esta cordillera. También sabemos que el descenso al valle opuesto no será fácil, pues algunos pasos de montaña, frecuentemente los más bellos, esconden sorpresas en forma de sendas imposibles, pistas inconclusas, carreteras que quedaron en proyecto…

El descenso nos exprime, nos obliga a sacar lo mejor de nosotros, de nuestro temple, de nuestra paciencia, pero caminamos y cargamos con las bicis sobre inmensas rocas, guardando el equilibrio, conscientes de que la montaña es así. De que paso a paso se alcanzan los objetivos. De que cada día avanzamos un poco. De momento, al llegar a Pont, nos tomamos el primer día sin bici de la travesía. Toca descansar. Toca escribir estas líneas. Toca hacer la marmota. Y esta noche, pizza y Peroni para cenar.

RODAMOS TODO EL DÍA SOBRE LOS 2.000 METROS, POR LA PANORÁMICA STRADA DELL'ASSIETTA, UNA RED DE PISTAS DE MONTAÑA CONSTRUIDA A FINALES DEL SIGLO XIX PARA PROTEGERSE DE LAS INVASIONES FRANCESAS.

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