Gran Vertical 2026

BIKEPACKING I 290 km I 4.400 m+

Gran Vertical '26

SIN BILLETE DE VUELTA

UNA VEZ MÁS, EL EQUIPO DE LA GRAN VERTICAL NOS HA DEMOSTRADO QUE ELEGIR EL CAMINO DIFERENTE SÍ TIENE RECOMPENSA. INCLUSO CUANDO SE PROPUSIERON DESTAPAR LA VÍTREA BELLEZA DE LO INSÓLITO EN EL OPACO COFRE DE LO COTIDIANO.

Texto: Sergio Fernández Tolosa / Fotos: Sergio Fernández Tolosa / Carles Loré & Eliseu Climent (Gran Vertical)

Viajar, ese gran lujo sólo al alcance de unos pocos privilegiados. El sociólogo Rodolphe Christin ha reflexionado y escrito mucho sobre el tema. El autor de Manuel de l'antitourisme sostiene que para viajar de verdad deberíamos partir desde casa, sin billete de vuelta, y avanzar sin prisa, siempre a pie o pedaleando.

La Gran Vertical de 2026 nos ha brindado una oportunidad redonda para sentir lo que es un viaje a domicilio. En esta ocasión, en vez de desplazarnos hasta un lugar remoto, la cita es en Sant Cugat del Vallès, en plena área metropolitana de Barcelona. Disponemos de tres días para cubrir un recorrido de 290 km que nos va a llevar hacia las comarcas del interior de Cataluña, entre bosques, viñas y campos de cereal, visitando pueblos medievales, atravesando sierras y campiñas, redescubriendo rincones que permanecían ocultos en el desván de los recuerdos, conquistando otros que habían pasado desapercibidos.

A LA LUZ DEL FOCO, DISFRUTO DE LA LIGEREZA DEL AIRE FRÍO, DEL SILENCIO, DEL AYUNO, DEL CREPITAR DEL SUELO BAJO LOS NEUMÁTICOS. AL ALBA, CÓMO NO, AUTE SUSURRA: "NO TE DESNUDES TODAVÍA...".

  • RECORRIDO

    290 km

    Desde Sant Cugat del Vallès, viaja hacia el interior a través del Penedès, llegando hasta Montblanc, donde pone rumbo norte e inicia el regreso por la falda sur de Montserrat y el río Llobregat.

  • DESNIVEL

    4.400 m+

    Quizá haya sido la edición más suave en cuanto a ascensión acumulada, aunque con un perfil bastante rompepiernas en su primera mitad y una cierta tendencia al descenso en el último tercio.

  • DIFICULTAD

    2/5

    Sin duda, ha sido la Gran Vertical menos técnica –o más gravelera– de todas las celebradas. Predominan las pistas bien pisadas de fácil rodar, aunque también hubo algún sector muy breve más roto.

  • ATRACTIVOS

    ☆ ☆ ☆

    Sorprendente recorrido para redescubrir la belleza del territorio, atravesando bosques y viñas, conectando pueblos por antiguas rutas, visitando monasterios medievales, santuarios naturales...

VIAJES DE KILÓMETRO CERO

La salida de la Gran Vertical es a las 12:00. Da tiempo de sobra para ir pedaleando desde Barcelona. No es mi casa, pero lo fue durante muchos años, así que de buena mañana, a hora punta, me zambullo en los rápidos del modernizado bici-carril de la Diagonal, cruzo una Gràcia ralentizada y silenciosa por sus calles de plataforma única, paso bajo el viaducto de Vallcarca por un bici-carril que no había visto nunca y sigo subiendo por la pacificada Arrabassada hasta lo más alto del Tibidabo, me asomo al mirador del parque de atracciones, me acuerdo de los ataques de risa en la sala de los espejos mágicos y me lanzo hacia Sant Cugat del Vallès por la carretera de Vallvidrera…

La peste porcina impide tomar atajos por el bosque. Hace mucho que no paso por aquí. Todo me parece a la vez familiar y nuevo. Me fijo en las torres modernistas. Me detengo frente a la de Sant Joan Baptista y releo el poema de su reloj de sol: “Depressa fugen las horas, depressa y no tornan més: aprofita l’hora dels encants primers, aprofita l’hora que no torna més”.

En Sant Cugat hay tiempo para más de un café, recoger el dispositivo de localización, verificar el material y, sobre todo, saludar a los y las que sólo ves en una vez al año, en la salida, porque después desaparecen y van siempre por delante. Somos cerca de 50 participantes. La media de edad se acerca a esa cifra. A juzgar por la bici, la ropa y el número de bolsas, es fácil caer en la tentación de intentar adivinar quién quiere rodar rápido y llegar lo antes posible y quién prefiere amortizar todo el fin de semana.

DE COLLSEROLA A LA EDAD MEDIA

A mediodía, con puntualidad británica y escoltados por la policía local, partimos todos a una. Las cuestas, sin embargo, nos colocan a cada cual en nuestro sillín. De las empinadas calles de Collserola, saltamos a las de Molins de Rei. Ya no me fijo tanto en los coquetos chalés modernistas, pero hay algunos que me saludan efusivamente, como Can Tarragó, con su colorido pináculo de trencadís en la esquina.

Cruzamos el Llobregat por Sant Andreu de la Barca –hoy hay puentes– y enfilamos las rampas de la Serra de l’Aragall bajo los primeros calores de la primavera. El terreno está seco. Hace semanas que no llueve. Las flores de jara blanca adornan de rosa los márgenes de las pistas del Ordal.

La larga bajada nos conduce por el bosque. Enlazando caminos lejos de las carreteras, la ruta nos coloca frente al monasterio de Sant Sebastià dels Gorgs. Es curioso, pero sin pretenderlo nunca, he aterrizado en este lugar un montón de veces y jamás he sido capaz de pasar de largo sin detenerme. Acercarme hasta el portal de la iglesia, observar el Maiestas Domini esculpido en su trono, todopoderoso, rodeado de ángeles y sostenido por un forzudo pero sumiso atlante y un águila que devora a un león.

HACIA LA PUESTA DE SOL

La tarde transcurre con viento favorable, entre bosques, viñas, muros de piedra seca y pensamientos atrapados en el discurso semiótico de hace mil años. Autoridad, culpa, pecado, castigo... Atravesando el Alt Penedès, rodamos hacia el ocaso.

Todo fluye hasta el paredón de Torrelles de Foix. Sospecho que más de uno se sentirá como el atlante... Al final del costalón aparece como un oasis el avituallamiento sorpresa de Explora Cicles. Me paso una hora charlando con David, picoteando galletas saladas y rodajas de salchichón.

Con el sol ya tras las montañas, enfilo la onírica carreterilla del Coll de l'Arboçar. Al llegar a Santes Creus, el sol se pone a lo grande. Allí está Àlex, con su bici-cargo y un dolor de tripas que no le deja tragar. Por la mañana, en un arrebato se ha zampado una bolsa entera de orejones. Es decir, el equivalente a medio albaricoquero. Al poco, llega Raúl. En el Bar Esport todavía dan cenas.

EL PATIO TRASERO

Pasamos la noche a cubierto. El plan era dormir en la alameda de Santes Creus, pero los vecinos del monasterio nos ofrecen descansar en un lugar más protegido. El mundo sigue lleno de gente buena.

La Gran Vertical tiene estas cosas. Te despiertas, recoges todo, echas a pedalear y al cabo de nada te encuentras a otros ciclistas, todos en busca de un café y algo para desayunar. En Pont d’Armentera, Virginia levanta la persiana del bar de la cooperativa al vernos pasar y estrenamos su tortilla de patatas recién hecha. En Montblanc es día de bullicio y feria medieval. Pasamos de puntillas entre caballeros y escuderos, en busca de campiñas y tranquilidad.

La encontramos en los pueblos de Barberà de la Conca, Sarral, Forés... En sus calles empedradas no se mueven ni los relojes. Ruedo despacio, entre portales sellados por el tiempo, bajo rótulos de "carnicería" y "panadería" pintados de azul Prusia y dinteles con años que empiezan por 16, 17 o 18.

En la cuesta de Forés, piel, sudor y polvo huelen a tostado bajo el sol de mediodía. Una vez en lo más alto, la ruta fluye a la fresca a través del bosque. Poco antes de El Fonoll me cruzo con un hombre en sandalias y sombrero de paja. A la entrada del pueblo hay un cartel junto a una bicicleta pintada de blanco: se prohíben las armas, la ropa y las fotos. La Gran Vertical tiene estas cosas. Das cuatro pedaladas en el rumbo correcto y, sin darte cuenta, te adentras en el patio trasero del cosmos. "Hay otros mundos, pero están en éste", me reitera Paul Éluard.

A LA ENTRADA DEL PUEBLO HAY UN CARTEL JUNTO A UNA BICICLETA PINTADA DE BLANCO: SE PROHÍBEN LAS ARMAS, LA ROPA Y LAS FOTOS.

CAMINOS MILENARIOS

La tarde transcurre sobre esa tangente estriada en la que se funden y confunden lo onírico y lo tangible, las épocas, las edades, las fechas y los tiempos verbales. Cruzado el río Corb, entre espigas de trigo y amapolas, avanzo sin prisa por la Segarra cerealista más abrupta, creando nuevos recuerdos, recreándome en memorias difusas. Es tierra de castillos, templarios, escaramuzas, espadazos, bandoleros y leyendas con final abierto.

De repente, en el Coll de la Panadella, afloramos en el mundo de hoy, aunque por poco tiempo. La ruta toma el Camí de Sant Jaume –de Santiago, de Saint-Jacques, de St. James, de Jakob...– y se desliza en paralelo a las vías de comunicación modernas. Entre ecos del pasado y curvas malditas mil y una veces, el viejo asfalto de la antigua N-II, hoy desierta, nos lleva hacia Santa María del Camí. Después, un bici-carril nos guía en volandas hasta las puertas de Igualada.

CURVAS FINALES

Duermo en casa de mis amigos Jordi y Marta, que los domingos madrugan más que los panaderos. A las 4.10 AM, todos en pie.

La oscuridad me engulle. A la luz del foco, disfruto de la ligereza del aire frío, del silencio, del ayuno, del crepitar del suelo bajo los neumáticos. Enlazando pistas, aparezco en Maians. Miro hacia arriba. La constelación Starlink surca el firmamento hacia el sol naciente. Mastico unas nueces, saboreo unos dátiles y continúo pedaleando hacia Montserrat. Las sutiles luces de la aurora siluetean su inconfundible perfil. Al alba, cómo no, Aute susurra: "No te desnudes todavía...".

En su refajo de roca, me reencuentro con Àlex, que ha hecho un vivac entre los olivos, y Raul, que se quedó en el albergue de peregrinos de Jorba y ha empezado a pedalear a las 2 de la mañana. La Gran Vertical encara sus curvas finales.

PUENTES DE IDA Y VUELTA

A partir de Esparraguera, flotamos aguas abajo por el eje del Llobregat. En Martorell, asediado por viaductos y carreteras, el Pont del Diable es testigo mudo de una era no tan remota en la que se viajaba a pie o a pezuña, o no se viajaba. Mientras lo cruzamos, pienso en las capas y capas de estratos y sustratos, de huellas borradas por otras huellas.

La Gran Vertical 2026 toca a su fin. Regreso al punto de partida con la sensación de haber estado en lugares nuevos mientras revisitaba episodios ya vividos. De haber cruzado un puente espacio-temporal, como los de Einstein-Rosen, pero sin agujeros negros. De haberme escapado apenas un instante –50 horas– para asomarme a algo muy cercano, pero que a menudo parece tan inaccesible como la cara oculta de la Luna: ese patio trasero llamado mundo al que se puede VIAJAR con mayúsculas, saliendo desde casa pedaleando, volviendo a casa pedaleando.

Aute, suavemente, insiste: "No tengas prisa... La eternidad es un latido...".

ES TIERRA DE CASTILLOS, TEMPLARIOS, ESCARAMUZAS, ESPADAZOS, BANDOLEROS Y LEYENDAS CON FINAL ABIERTO.