Transpyr Gran Raid MTB

MOUNTAIN BIKE I 827 km I 18.270 m+

Transpyr - Del Mediterráneo al Cantábrico en BTT

UNIDOS POR LOS PIRINEOS

CRUZAR LOS PIRINEOS PEDALEANDO DE MAR A MAR EN SÓLO 8 ETAPAS REPLETAS DE ASCENSIONES INTERMINABLES, COLLADOS REMOTOS, PAISAJES CAMBIANTES, BUCÓLICAS SENDAS Y, CÓMO NO, ABRUPTAS TRIALERAS Y DESCENSOS ALUCINANTES. EN TOTAL, 827 KM Y 18.270 M+ DE AUTÉNTICO Y EXIGENTE MOUNTAIN BIKE. SABÍAMOS QUE NOS COSTARÍA. Y MUCHO. PRECISAMENTE POR ESO QUISIMOS INTENTARLO.

Texto: Sergio Fernández Tolosa / Fotos: Stéphane Van Wonterghem

Desde que a principios de los noventa se publicase aquel legendario libro titulado La travesía de los Pirineos en BTT, de Alfons Valls y Jordi Laparra, miles y miles de bikers han surcado la cordillera pirenaica siguiendo esta épica ruta que une el mar Mediterráneo con el Cantábrico por su cara sur. La Transpirenaica es la clásica entre las clásicas, la travesía por antonomasia, y desde hace cuatro años, la Transpyr Gran Raid MTB permite cubrir el mismo itinerario en sólo 8 días, la mitad de los que propone la citada guía. Un desafío tentador... Demasiado, quizá.

SACAMOS LO MEJOR DE NOSOTROS PARA EXPRIMIR ESTA BAJADA MEMORABLE LLENA DE SORPRESAS, CON UN POSTRE EN FORMA DE BIKE PARK QUE NOS HACE SENTIR MEJOR QUE DAVID BUSTAMENTE EN DISNEYLAND.

RECORRIDO

827 km

El itinerario puede variar ligeramente de un año a otro, pero siempre está en torno a los 800 km. El terreno es variado y exigente, con largos tramos por sendas técnicas.

DESNIVEL

18.270 m+

Perfiles típicamente pirenaicos. Ascenciones largas con sus correspondientes descensos, también largos. Etapas muy bien compensadas en duración y desniveles.

DIFICULTAD

4/5

Muy exigente a nivel físico, por el kilometraje y, sobre todo, los desniveles acumulados. En 2014 se redujo en un día la duración de la prueba, pasando de 8 a 7 etapas.

ATRACTIVOS

☆ ☆ ☆

La romántica idea de unir los mares Mediterráneo y Cantábrico a través de la vertiente sur del Pirineo, la experiencia compartida con cientos de bikers...

CRÓNICA DE LAS ETAPAS

ADIÓS, MEDITERRÁNEO

Llegamos a Roses con muchas dudas y aún más nervios. Hace meses que estamos inscritos en la Transpyr, y aunque este año hemos salido bastante de ruta, no tenemos la sensación de que el cuerpo esté plenamente entrenado para lo que nos espera. “Ocho días son muy pocos días, y al mismo tiempo son muchos”, repetimos sin cesar. Pese a ello, tomamos la salida en la playa de Roses rebosantes de ilusión, rumbo al oeste.

El primer día se plantea como un mero trámite, una ilusoria introducción a la verdadera epopeya que se avecina. La etapa consta de una primera zona llana y rodadora que luego se endurece con algunas rampas endiabladamente crudas y varios sectores de senderos que anteceden a un último tercio más exigente que nos llevará hasta los primeros contrafuertes del Pirineo catalán, ya en la Alta Garrotxa. En cuanto dejamos atrás las llanuras del Empordà, el calor sofocante –ésta será recordada como la Transpyr del calor– y los agudos desniveles empiezan a causar estragos en la parte trasera de la comitiva, que hasta aquí había avanzado con entusiasmo y alegría. “Bienvenidos a la Transpyr. Aquí no hay etapas fáciles”.

Antes del segundo avituallamiento, situado en Oix, el recorrido ya nos ha dado un par de avisos, con paredes intransigentes y alguna que otra trialera de las que hacen saltar las alarmas. “Esto va muy en serio”. Pasamos el control de Oix a tiempo, pero aún queda una cuesta sostenida que nos conduce de bruces hacia una inesperada emboscada. El camino se convierte en una trepidante senda que sube y baja sin cesar, saltando de un colladito a otro, dibujando una montaña rusa interminable. En otras circunstancias estaríamos disfrutando de una divertida zona técnica, pero hoy las piernas ya acumulan suficientes emociones. Sencillamente, queremos llegar cuanto antes. Entramos en Camprodon eufóricos, cruzando la meta bajo su puente medieval tras casi doce horas de etapa. Esto acaba de empezar y ya apunta maneras. Hay que celebrarlo.

PRIMERAS MONTAÑAS

El día empieza con la ascensión a la Collada Verda, que implica algunas rampas durísimas que se nos atragantan a más de dos –y de doce–, pero también los primeros panoramas alpinos de la travesía.

Tras coronar, una rápida bajada nos lleva hasta Pardines y Ribes de Freser, donde comienza la siguiente ascensión. Esta vez la ruta opta por una variante que nos regala uno de los tramos más bucólicos del viaje, por praderas onduladas divididas por un estrecho y sinuoso singletrack. El último compás de la ascensión es por una senda trialera en la que sólo los más fuertes y hábiles logran evitar bajarse de la bici. Nuestras piernas, que ya han firmado una alianza vitalicia con el plato pequeño, notan la fatiga acumulada, pero estamos contentos. Éste es el mountain bike que nos gusta.

Tras una bajada por improvisadas sendas de vacas, enlazamos un sector de pistas y caminos por las alturas del Moixeró, conectando luego por carretera de alta montaña con la estación de esquí de La Molina, donde está el segundo avituallamiento del día.

A partir de aquí, un descenso revitalizante por idílicas sendas nos lleva hasta Alp, donde comienza el último sector de la etapa, por La Cerdanya, por unas pistas rápidas primero y unos taquicárdicos senderos que cuelgan sobre las aguas del río Segre después. El último tramo, por carretera, nos conduce veloces hasta La Seu d’Urgell. Parece increíble, pero ya van dos.

EL DÍA DE LA REINA

El tercer día, el cansancio ya nos ha robado incluso la capacidad de temer. Recogemos el campamento con una destreza inusitada y nos abalanzamos sobre el desayuno buffet cual lobos hambrientos. La etapa comienza a buen ritmo incluso por detrás, con un sector de caminos y pistas rápidas en los que formamos una buena polvareda que nos hace sentir como si fuésemos auténticos profesionales del mountain bike.

Tras una hora de marcha, empieza la primera ascensión seria del día, toda ella por asfalto, por una tranquila carreterilla que se cuela por el desfiladero de Nyus y nos eleva hasta La Guardia d’Ares, donde el pavimento desaparece y el sol empieza a calentar como sólo él sabe. Enlazamos varias subidas y bajadas por pistas muy panorámicas que terminan por situarnos en el pueblo abandonado de San Sebastià de Buseu. A continuación, mil metros de descenso ininterrumpido hasta el fondo del valle del Noguera Pallaresa.

La bajada es realmente inolvidable. Empieza por un camino ancho y cómodo en el que disfrutamos de la velocidad. Más abajo, el track nos desvía por estudiados atajos que hacen las delicias de los aficionados a las sendas ratoneras, jugando a los equilibrios entre raíces y escalones de roca. A orillas del río, en Gerri de la Sal, nos aguarda el avituallamiento principal de la jornada: pasta con tomate, fruta, etc. Tras un breve paréntesis, la ruta prosigue a orillas del río por una senda que desemboca más tarde en la carretera, de la que nos desviamos justo antes de entrar en el desfiladero de Collegats.

Empieza la segunda ascensión prolongada del día. El calor ahoga. Hay ciclistas parados en las sombras. “El cronómetro es lo de menos”. Nosotros seguimos a nuestro ritmo, sin dar tirones, hasta la fuente de Pujol, donde organizamos un concurso de “Miss & Mister Maillot Mojado”.

Sacamos fuerzas de flaqueza para llegar hasta el lago de Montcortés, donde nos aguarda un descenso por reconfortantes sendas y una trialera final apoteósica. Cantamos victoria, pero en voz baja. Estamos en Senterada, en el segundo avituallamiento del día. Y aún queda un puerto.

Es una carrera por la supervivencia: gente con calambres, caminando, tambaleantes... El vehículo escoba –una superfurgoneta 4x4 de Mercedes-Benz– se convierte en la fantasía inconfesable de la mayoría de nosotros. Un último esfuerzo y alcanzamos el Coll de Berri y el Port de Viu, donde tomamos el asfalto hasta El Pont de Suert. Aunque llevamos casi 12 horas de etapa, todavía quedan fuerzas para esprintar.

PIRINEO PURO Y DURO

“Hoy entramos en Huesca”. El primer pensamiento del día es un tanto surrealista. El segundo, aún más: “Sólo hace tres días que salimos de Roses”. Aragón nos recibe con sus mejores galas: Aneto, Posets, Monte Perdido... Los vemos a lo lejos, inmensos y cubiertos de nieve, desde caminos y sendas de montaña que unen pequeños pueblos, saltando collados a través de frondosos bosques. Pasamos por tantos lugares hermosos que el cerebro los confunde. A mediodía, tras un breve enlace por carretera, el sol vuelve a machacar. Nos pilla subiendo a Viu. “Los primeros ya deben de estar en Aínsa”.

Tras el segundo avituallamiento, empieza un tramo realmente espectacular, con la ascensión al Collado Cullivert y una travesía por una solitaria senda hacia La Collada, donde empieza el impresionante descenso a Aínsa. “Este tramo sí lo recordaremos. Y mucho tiempo”. Cada curva, cada escalón, cada peralte, cada balconcillo...

Con la inmensa pared de la Peña Montañesa como telón de fondo, sacamos lo mejor de nosotros para exprimir esta bajada memorable llena de sorpresas, con un postre en forma de bike park que nos hace sentir mejor que David Bustamante en Disneyland. En la meta, situada en la plaza mayor de Aínsa, nos enteramos de que nos han tocado unas gafas de sol Cébé y un Buff. Un día redondo.

¿DÍA DE DESCANSO?

“Hoy es un paseo”. Éste es el trending topic en el campamento desde las 6 AM, donde vivimos una vez más nuestra particular versión del Día de la Marmota. La etapa empieza tranquila, con un sector por carretera inevitable y, tras calentar un poco las maltrechas piernas, la clásica y larga ascensión desde Fiscal hasta lo más alto del monte San Cocoba, pasando por Bergua y Sasa, disfrutando de unos paisajes de montaña inolvidables.

“Tengo el culo destrozado”. Éste es el trending topic a mediodía. La bajada es memorable: primero por una zona de sendas herbosas, luego por una rápida pista por el bosque y al final por unas emocionantes veredas que desembocan en la Torre del Moro, en Lárrede. El último sector es más tranquilo, por lo que llegamos a la ciudadela de Jaca más enteros de lo esperado. Incluso podemos irnos a tomar unas cervezas. Genial.

Y EL SEXTO DÍA...

Y el sexto día, Dios creó al hombre. Y también a la mujer, por suerte. Las montañas, los valles, los ríos, las aves, los peces, etc., ya los había creado antes y, por supuesto, también el sol y las piedras. “Esta zona del Pirineo es así: o carretera o piedras”. Un gran consuelo. Sin duda, para nosotros, es la etapa más difícil de toda la Transpyr. Es el único día en el que nos toca caminar tanto en subida como en bajada y estamos a punto de llegar fuera de control al segundo avituallamiento. El primer muro lo encontramos al pasar por Aragüés del Puerto –éste ya lo conocíamos y se nos hace corto–, pero el que nos sacude por sorpresa es el que viene después de Siresa y antecede a un descenso que a más de uno le pareció "demasiado heavy".

Tras superar in extremis el control en Ansó, sólo resta la larga ascensión final por la estrecha y panorámica carretera de Zuriza hasta el Collado de Arguibiela, donde empieza un descenso que a más de uno le hace saltar unas lagrimitas –a unos de emoción, a otros de otra cosa–, pero lo cierto es que llegamos a Isaba con una sonrisa de oreja a oreja. Bienvenidos a Navarra.

A PUNTO, A PUNTO

El día comienza con una buena noticia: en el desayuno hay unos croissants que se deshacen en la boca. Y estando allí sentados, con las papilas gustativas rebosantes de placentera grasita, nos enteramos de que unos cuantos árboles caídos nos van a ahorrar subir por el camino hasta el puerto de Laza. ¿Algo más? Sí, hoy no hace tanto calor. Al menos, de momento.

Salimos tranquilos y felices, aprovechando la inercia del grupo en las cuestas asfaltadas. Puede que estemos cansados, pero el pelotón de cierre parece una tertulia de la tele. Tras el puerto de Laza, enfilamos el de Larrau –aquí ya hay más silencios–, desviándonos en la antigua aduana para entrar en el valle de Irati y perdernos en sus inmensos bosques.

Poco después estamos frente a la Fábrica de Orbaiceta, y tras una nueva subida por pista forestal, en Roncesvalles. La etapa parece más fluida, más rápida, pero empezamos a conocer el carácter de la Transpyr. “No hay que fiarse”.

Tras coronar el Puerto de Ibañeta –por carretera– nos desviamos hacia una virginal región de profundos valles de formas redondeadas cubiertas de hierba. La pista nos lleva al borde de un acantilado, donde se convierte en senda y desciende directamente hasta el fondo del valle. Al llegar abajo, huele a chamusquina. A 12 km de meta, justo después de refrescarnos en Aldudes, comienza la subida del jamón. ¡Se abren las apuestas!

De entrada, una rampa inhumana, por suerte pavimentada, que en apenas 1 km gana más de 200 metros de desnivel. “Después de esto, nuestra idea de duro cambiará”. Martí, uno de los bici-escoba, sube del tirón sin echar pie a tierra. ¡Una paletilla para él!

Tras coronar el puerto de Berderiz, el resto de la etapa es más llevadero y divertido, incluso con la rueda medio trabada por culpa de un núcleo a punto de desintegrarse que, afortunadamente, aguanta hasta Elizondo. Aunque parezca increíble, sólo falta un día.

DE MAR A MAR

Tras una noche de atronadores chubascos, el día amanece aparentemente más fresco. Es la última etapa. Hoy vale todo. Incluso montar una rueda de 26” en una Surly Ogre de 29”. El resultado es una 69er en toda regla (29” delante, 26” detrás). Nada como completar la Transpyr en una chopper. La idea es del carismático Serge Barnel, que este año ha experimentado la Transpyr en una mountain bike eléctrica. A falta de núcleos de recambio, Serge me ha prestado una de las ruedas traseras de sus bicis. Y curiosamente, el engendro funciona.

La etapa arranca con una asfixiante ascensión. No hay sol, pero la humedad reinante nos hace sudar a borbotones.

Mil tonos de verde copan el paisaje por el que trepamos enlazando caminos que suben y bajan y se convierten finalmente en un manojo de intrincadas sendas. El descenso a Etxalar es meteórico, pero la alegría dura poco, pues otro repecho antecede a la esperada bajada hasta orillas del Bidasoa, donde se nos concede un breve respiro antes de afrontar los últimos escollos de la travesía. Dejando el cómodo bici-carril tras el primer avituallamiento, la ruta nos eleva por una especie de selva donde los helechos nos atrapan. Sudamos tanto, que nos dan hasta escalofríos.

Tras el descenso hasta el embalse de Endara, acometemos la última subida de la Transpyr, por un camino de pendiente sostenida hasta el Castillo del Inglés. ¡Ya somos finishers!

El resto de la etapa está neutralizada, aunque aún faltan 28 km para bañarnos en la playa donostiarra de Zurriola. El track nos lleva por una serie de sendas hasta Gurutze y Rentería. Tras sortear la bahía de Pasajes, enfilamos el camino del Faro de la Plata, gozando de unos últimos singletracks que parecen desplomarse sobre el Cantábrico. Es el fin de la aventura. La zona de meta es una gran fiesta. Abrazos, brindis, fotos, entrega de maillots de finisher, diplomas... Han sido unos días realmente intensos, de muchas emociones y nuevas amistades. Ahora hay que digerir todo lo vivido, pero antes habrá que irse de pintxos por Fermín Calbetón.

MIL TONOS DE VERDE COPAN EL PAISAJE POR EL QUE TREPAMOS ENLAZANDO CAMINOS QUE SUBEN Y BAJAN Y SE CONVIERTEN FINALMENTE EN UN MANOJO DE INTRINCADAS SENDAS.

GALERÍA DE IMÁGENES

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