Mulhacén – Toubkal (II)

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VIAJE I 1.535 km I 21.860 m+

Mulhacén - Toubkal (II)

MONTAÑAS DE FE

BOSQUES DE CEDROS INMENSOS, PROFUNDOS CAÑONES DE ROCA ROJIZA, DESOLADORES VALLES DESÉRTICOS, ALDEAS REMOTAS ANCLADAS EN OTRO TIEMPO... LAS CUMBRES MÁS INACCESIBLES DE LOS ATLAS OBSERVAN EN SILENCIO EL DEVENIR DE LA HISTORIA DE SUS GENTES Y SUS PAISAJES. MIENTRAS, NOSOTROS PEDALEAMOS CON LA HUMILDAD DEL MONTAÑERO, SOÑANDO CON LLEGAR HASTA ELLAS Y HACERLES COMPAÑÍA DURANTE UN RATO.

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker

Apenas una noche entera de navegación desde Málaga basta para poner los pies en África. En el barco no viaja casi ningún marroquí. Aparentemente, los que más usan el ferry nocturno del domingo son los soldados del ejército español destacados en Melilla a su regreso del permiso. La ciudad autónoma, antaño conocida como Rosadir, nos acoge semidormida. Las calles del centro brillan silenciosas y limpias, entre edificios modernistas, cuidados jardines y monumentos diversos cada dos pasos. Vagamos sin rumbo, curiosos, por avenidas dedicadas a generales, funcionarios y escritores célebres, estatuas de Cervantes con Don Quijote, un homenaje a la legión...

Sólo 4 km más lejos, el panorama es bien distinto. Entre bloques desangelados y solares vacíos aparece el paso fronterizo. Un policía español nos desea feliz viaje y 200 metros más allá iniciamos los trámites para entrar en Marruecos. Media hora después rodamos por una autovía hacia Nador. Claramente, ahora comienza la segunda parte de este viaje.

DE MADRUGADA SE DESENCADENA UNA ATRONADORA TORMENTA Y LOS GUTURALES ALARIDOS DE LOS CIERVOS BERBERIENSES, QUE ESTÁN EN PLENA BERREA, NOS MANTIENEN ALERTA.

RECORRIDO
1.535 km

Desde Melilla, cruzamos primero el Rif y después los Atlas, hasta llegar a las puertas del Sáhara por las Gargantas del Todra. Antes de completar el viaje en Marrakech, pasamos por la cumbre del Toubkal.

DESNIVEL
21.860 m+

La orografía montañosa de todo el itinerario implicaba acumular casi todos los días entre 1.000 y 1.500 metros positivos. En algunos puertos las pendientes son severas, pero siempre ciclables, incluso cargados.

DIFICULTAD
3/5

Dependerá estrechamente del itinerario escogido y la climatología. Muchas pistas del Atlas han sido asfaltadas en los últimos años. Lo más importante es adaptarse a la altitud, el calor y el frío, la dieta...

ATRACTIVOS
☆ ☆ ☆

Los bosques de cedros del Atlas, los ciervos del Parque Nacional de Tazzeka, la hospitalidad amazigh, el té a la menta, los palmerales del sur, las kasbahs de película, el Circo de Jaffar, las Gargantas del Todra...

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AL OTRO LADO DEL CHARCO

Nos esperan las montañas del Rif primero, y más tarde los Atlas, pero antes hay que cruzar esa estrecha pero poco conocida franja de tierra que media entre la costa del Mediterráneo y las ciudades imperiales de Fez y Meknes.

Pedaleamos por una región de orografía accidentada. Las subidas y bajadas son constantes desde el primer día y el altímetro suma y sigue sin parar. Cada 30 o 40 km pasamos por un pueblo que parece más una estación de taxis rodeada de cafés, pequeños restaurantes y talleres mecánicos que un pueblo en sí. En casi ninguno de ellos hay hostal alguno, y cuando sí disponen de hotel es un tugurio con cuatro camastros por habitación y un solo retrete que usan cientos de viajeros, sino miles, todos los días. Para lavarnos disponemos de un único grifo emplazado a 50 centímetros de dicho retrete. La perspectiva, tras 120 km de pedaleo entre coches y camiones despiadados, desalentaría al más curtido viajero.

Más allá de Kassita nos espera el primer puerto del Rif y el paisaje es más amable con los sentidos. Aquí comprobamos que el borrico perdura como medio de transporte en el Marruecos rural, aunque la competencia es ardua con los Mercedes de segunda, tercera o cuarta mano traídos de Europa.

ANTIGUAS MURALLAS

Superado el Rif, dedicamos un día a visitar con calma la ciudad de Taza. Alojados en un curioso y cuidado hostal del centro de la medina, en el que tampoco hay ducha alguna, paseamos por sus intrincados callejones y probamos toda clase de alimentos: brochetas a la brasa, yogur artesano, creppes recién hechos...

También caminamos hasta la parte nueva de la ciudad, donde se respira otro aire, con un halo de modernidad. Vemos algunas mujeres jóvenes vestidas según las modas occidentales –algo que, por otra parte, hace el 99% de los hombres jóvenes en Marruecos–, encontramos una pizzería, varios cibercafés, etc. De regreso a la medina bordeamos la vieja muralla, testimonio de la importancia estratégica de esta histórica ciudad por hallarse en el paso entre el Rif y el Medio Atlas, y constatamos que siguen vertiendo todo lo que ya no necesitan al otro lado del muro.

DE REGRESO A LA MEDINA, BORDEAMOS LA VIEJA MURALLA, TESTIMONIO DE LA IMPORTANCIA ESTRATÉGICA DE ESTA HISTÓRICA CIUDAD POR HALLARSE EN EL PASO ENTRE EL RIF Y EL MEDIO ATLAS.

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NOCHES EN EL BOSQUE

Tras 400 km de viaje por Marruecos todavía no hemos topado con ningún turista, ni siquiera en el Parque Nacional de Tazzeka, sin duda la parte más hermosa de todo este primer tramo: una ascensión de mil metros de desnivel nos catapulta hasta un inmenso robledal formado por miles de ejemplares centenarios.

Pasamos la noche acampados en el bosque. De madrugada se desencadena una atronadora tormenta y los guturales alaridos de los ciervos berberienses que han sido reintroducidos en el parque, y que están en plena berrea, nos mantienen alerta.

Mucho peor será el despertar la noche siguiente, en que sufrimos un intento de atraco, con amenaza de ser lapidados allí mismo. Cuando media hora más tarde nos presentamos temblorosos en la comisaria de El Menzel, los gendarmes no dan crédito a nuestra desventura. “Es la primera vez que ocurre algo así”, aseguran sorprendidos antes de alojarnos en un centro de protección infantil en el que pasamos el resto de la noche. Al día siguiente llegamos a Sefrou, deseosos de dejar atrás cuanto antes el desgraciado incidente, y esperanzados de que los Atlas y sus gentes nos deparen mejores experiencias.

ESPÍRITU BIKER

Tras dos noches hospedados en el corazón de la medina de Sefrou, partimos hacia Azrou por la ruta de los lagos Iffer e Ifrah. Ganamos altura rápidamente por carreterillas estrechas y sin apenas tráfico por un paisaje que las guías de trotamundos definen como “la Suiza del norte de África”, aunque en septiembre recuerda más a la árida estepa mongola.

Superado un collado que ronda los dos mil metros, iniciamos un descenso que lleva hacia Mischliffen, una especie de ski-resort, pero con tal de evitar la carretera general trazamos un atajo por una pista embarrada de ésas que harían las delicias del organizador del campeonato del mundo de ciclocross. Minutos después parecemos los protagonistas de un anuncio de detergentes y nos preguntamos si merecía la pena el desvío.

Ya embadurnados, decidimos seguir adelante y a por todas, hasta que el camino, tras una bajada sobre un río de cantos del tamaño de pomelos, desemboca de golpe sobre un cortado de 30 metros de profundidad. “Así es el mountain bike”, pensamos al tiempo que buscamos una salida. El mapa del GPS debe de datar de la época del protectorado francés. Indica un camino donde ahora se abre un cañón inmenso de 2 km de longitud que superamos finalmente por una huella filiforme que baja por su flanco izquierdo. A todo esto, empieza a llover y al recuperar el trazado de lo que queda del antiguo camino nos sentimos cada vez más aliviados.

Un poco más allá la pista mejora y se interna en un bosque de magníficos cedros. La apuesta nos ha salido bien, pues otra pista nos conduce hasta la carretera principal, a sólo 7 km en bajada hasta Azrou. Cuando llegamos al pueblo ya no llueve, diluvia. Frente al hostal Salam, la calle se convierte en torrentera. Estamos empapados, pero a salvo.

ATRÁS HAN QUEDADO LOS ESPESOS BOSQUES DE ENCINAS Y CEDROS. AHORA LAS QUEBRADAS LUCEN DESIERTAS BAJO UN TÓRRIDO SOL Y ÚNICAMENTE EL FONDO DE LOS VALLES CONSERVA UN BRAZO DE TIERRA FÉRTIL CULTIVADA DE MANERA ARTESANAL.

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ALDEAS AISLADAS

El viaje por el Medio Atlas prosigue hacia Ain Leuh a través de un tupido encinar que da paso progresivamente al célebre Forêt de Cèdres, en el que descubrimos a los también famosos monos del Atlas poco antes de llegar al lago de Ouiouane, donde pasamos la noche en la jaima de una gîte d’étape.

Al día siguiente rodamos por terrenos similares de orografía irregular, encadenando una subida con otra, disfrutando de los bosques de cedros, pedaleando por una vieja y solitaria pista antaño pavimentada pero que hoy resulta casi impracticable. Así llegamos hasta la escuela rural de Ouchnine, donde recibimos la cálida acogida de sus dos profesores, Driss y Salah, que nos invitan a pasar la noche en su escuela.

Con ellos compartimos muchos tés, pan casero y huevos que les traen sus alumnos, y una sopa de sobre que llevábamos nosotros en la despensa de emergencia. Entre té y té, nos cuentan cómo es la vida en esta región aislada, los problemas que comporta el analfabetismo de buena parte de sus habitantes, las promesas incumplidas de arreglar la pista de Khenifra, etc. Cuando está a punto de anochecer, caminamos hasta la única fuente de la aldea, a 20 minutos de paseo. Aquí nadie dispone de agua corriente ni electricidad. Las estufas son de leña. El pan lo hace cada cual en su casa.

Al día siguiente continuamos la travesía por otro bosque solitario enlazando tramos de pista rojiza hasta los 2.300 metros de altura. El descenso nos lleva hasta los límites de la exuberante masa forestal, ya camino de Boumia y Midelt. Sedientos de más emociones y no escarmentados por lo ocurrido en Azrou, trazamos un nuevo atajo por el viejo camino de Boumia, que resulta ciclable, pero trialero hasta el punto de sorprendernos una vez más de lo que se puede hacer sobre una mountain bike con la casa a cuestas.

ENTRE TÉ Y TÉ, NOS CUENTAN CÓMO ES LA VIDA EN ESTA REGIÓN AISLADA, LOS PROBLEMAS QUE COMPORTA EL ANALFABETISMO DE BUENA PARTE DE SUS HABITANTES, LAS PROMESAS INCUMPLIDAS DE ARREGLAR LA PISTA DE KHENIFRA...

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EL GRAN CIRCO DE JAFFAR

Desde Midelt iniciamos la ascensión al Circo de Jaffar con la inestimable ayuda del GPS. En los mapas el camino aparece indicado como pista, pero en realidad es prácticamente inciclable durante varios kilómetros. Pese a ello y a la picaresca de un tal Hamoud que atemoriza a los turistas ofreciendo falsa hospitalidad en su campamento trashumante, lo cierto es que el paisaje resulta increíblemente abrumador. Las nubes sobre las inexpugnables cornisas de roca, los rayos de luz colándose a última hora, la niebla subiendo por el valle al amanecer...

Tras superar unos cuantos kilómetros más de constantes escollos provocados por las torrenciales lluvias del invierno, el camino desemboca en Mitkane, donde el firme mejora y nos lleva entre cedros y sabinas hasta la pista de Imilchil, que también da muestras de la fuerza de la naturaleza en estas latitudes.

Algo fatigados por la crudeza de las últimas etapas, decidimos parar al encontrar una casa de huéspedes en un pequeño pueblo de adobe llamado Tagoudit. La estancia resulta del todo revitalizante, tanto por el copioso y sabroso couscous de la cena como por la compañía que nos brinda la entrañable familia Ait Balla. Después de una merecida (y necesaria) ducha de agua caliente (caliente de verdad), nos deleitan con entretenimientos varios: culebrones doblados al amazigh, DVD de música bereber, sesiones de henna y bailes acrobáticos por parte de Farid, el más joven de la casa.

CARRETERAS A OTROS TIEMPOS

Por la ventana de nuestra habitación, que da a la carretera, comprobamos que por ella circulan más asnos y mulas que coches, lo que nos da ánimos para la etapa siguiente.

Ya a caballo del Alto Atlas rodamos siempre por encima de los dos mil metros, superando varios puertos que rondan los 2.700 metros. El paisaje cambia por momentos. Atrás han quedado los espesos bosques de encinas y cedros. Ahora las quebradas lucen desiertas bajo un tórrido sol y únicamente el fondo de los valles conserva un brazo de tierra fértil cultivada de manera artesanal. Hombres arando con mulas, mujeres cargando fardos inmensos de maíz, pastores desafiando las leyes de la gravedad, niños ociosos al acecho del turista...

Tras 76 km y 1.430 metros de ascensión acumulada nos plantamos en Imilchil, todavía resacosa por la fiesta del moussem, la reunión anual en la que las familias bereberes de la región acuerdan matrimonios entre los solteros de cada casa. Al margen del aroma romántico que flota en el ambiente una semana después, del encantador Imilchil de adobe ya queda poco.

Ahora abundan los cafés y las pensiones en edificios anodinos e inconclusos, otorgando al pueblo un sabor agridulce y decadente. A la mañana siguiente, Hassan, el operario de la gasolinera, nos comenta en perfecto español que ya no vienen tantos turistas como hace diez años. La causa, según él, es el asfalto de la carretera. Paradójicamente, lo que debía traer progreso a la región ha ahuyentado a los turistas que buscaban aventura en sus 4x4, motos de trial y mountain bikes.

Algo pensativos al respecto, partimos entre dramáticos paisajes de tonos marcianos hacia Agoudal, donde oímos el mismo discurso por parte del propietario de un albergue a pie del camino. Pese al asfalto, nuestra etapa concluye de forma espectacular: después de un eterno descenso desde lo alto del Tizi-Tirgherhouzine (2.660 m) entramos en las Gargantas del Todra a última hora del día, cuando nadie circula ya por ellas y los vendedores de souvenirs han retirado sus mercancías.

TRAS 76 KM Y 1.430 M+ DE ASCENSIÓN ACUMULADA, NOS PLANTAMOS EN LA POBLACIÓN DE IMILCHIL, TODAVÍA RESACOSA POR LA FIESTA DEL MOUSSEM, LA REUNIÓN ANUAL EN LA QUE LAS FAMILIAS BEREBERES DE LA REGIÓN ACUERDAN MATRIMONIOS ENTRE LOS SOLTEROS DE CADA CASA.

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SUEÑOS VERTICALES

Tras recorrer los densos palmerales de Tinerhir, ponemos rumbo al valle del río Dades, donde tomamos una recóndita pista que sube desde Ait Youl y se interna en un espectacular cañón de formas y colores imposibles.

El valle se abre poco más allá dibujando un paisaje lunar por el que disfrutamos de nuevo de un camino muy trialero. Al llegar a Bou Thrarar descubrimos que la pista ha sido pavimentada recientemente hasta el desvío a Amejgag, pero nosotros seguimos hacia el oeste en busca de un lugar seguro para dejar nuestras bicicletas durante la ascensión al M’Goun (4.071 metros).

Al atardecer llegamos a Ismikh, una pequeña aldea de esas que no aparecen en ningún mapa, donde una mujer bereber nos ofrece una habitación de su casa para pasar la noche. Otra de las estancias la tiene alquilada a las dos maestras de la escuela, que muy pronto nos demuestran lo duro que resulta vivir en un lugar tan aislado. En la casa, además, conviven Saadia y su marido Mohamed, que ha ido unos días a la ciudad, cinco de sus siete hijos y una de sus nueras –ella es la encargada de hacer el pan en un horno de leña y barro, entre otras labores del hogar–, sin olvidar las cinco ovejas, las siete gallinas y el gallo, las tres vacas, el asno y el gato, entre otros bichos no cuantificables. No hay electricidad, aunque sí un grifo en el patio donde duermen los animales. ¡Esto sí es auténtico turismo rural!

HACIA LO MÁS ALTO

Durante la noche, Amelia empieza a “encontrarse mal por arriba y por abajo”. Cuando canta el gallo ya sabemos que hoy no partiremos hacia el M’Goun. El destino o una bacteria en la tortilla bereber de la cena nos ha dejado sin opciones. Aunque un día en cama –es decir, en suelo– basta para que Amelia se recupere de forma casi milagrosa, para mayor tranquilidad decidimos poner rumbo a la civilización, que dista más de lo que habíamos imaginado sobre el mapa.

Al despedirnos de Saadia, Mohamed y las dos maestras, divisamos la inconfundible cresta del M’Goun y comprendemos perfectamente que, en algunos casos, si Mahoma no va a la montaña, ésta tampoco va a Mahoma. Atrás queda la ilusión de alcanzar su cima, pero también la experiencia de haber sido testigos directos de la realidad social y cultural de un pueblo que vive aislado, con valores y tradiciones propios de otros tiempos.

Sólo unas horas después, tras recorrer el lecho seco de un oued pedregoso durante varios kilómetros, volvemos a pisar el asfalto, que nos lleva hasta Ouarzazate. Duchados, cenados y, sobre todo, animados, planeamos ya la aproximación y ascensión al principal objetivo de este largo viaje: la cima del Toubkal (4.167 metros). Insha’Allah!!!

ATRÁS QUEDA LA ILUSIÓN DE ALCANZAR LA CIMA DEL M'GOUN, PERO TAMBIÉN LA EXPERIENCIA DE HABER SIDO TESTIGOS DIRECTOS DE LA REALIDAD SOCIAL Y CULTURAL DE UN PUEBLO QUE VIVE AISLADO, CON VALORES Y TRADICIONES PROPIOS DE OTROS TIEMPOS.

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