Laponia en fatbike

Laponia en fatbike I CONUNPARDERUEDAS.com

VIAJES I 300 km I 2.100 m+

Laponia finlandesa invernal en fatbike

LA ÚLTIMA FRONTERA

EN EL EXTREMO NORTE DE FINLANDIA, LOS BOSQUES Y LA TUNDRA LAPONA, CUNA DE LA ANCESTRAL CULTURA SAMI, SON EL TERRENO IDEAL PARA UNA INOLVIDABLE TRAVESÍA EN FATBIKE. DURANTE 6 DÍAS PEDALEAMOS UN TOTAL DE 300 KM A TRAVÉS DE CAMINOS DE NIEVE, CONFIRMANDO QUE LAS FATBIKES SON LAS BICICLETAS QUE PUEDEN IR MÁS ALLÁ DE CUALQUIER FRONTERA. POR IMPOSIBLE QUE PAREZCA.

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa

Poco importa que el invierno dure seis meses, que el termómetro alcance fácilmente los -30ºC o que el sol brille sólo de tanto en cuando. Laponia es el territorio perfecto para una travesía invernal en fatbike: abunda la nieve, es eminentemente plano y atesora una red de miles de kilómetros de rutas señalizadas pensadas, originalmente, para viajar en moto de nieve, con trineos tirados por perros o esquís de fondo y pulkas. Es en estos caminos nevados en los que la fatbike, la bicicleta de ruedas extragordas, demuestra su verdadera esencia exploradora, abriendo huella en el terreno para el que fue originalmente concebida.

MUY PRONTO APRENDEMOS A LEER EL MANTO NIVAL, A ESCOGER LA MEJOR TRAZADA, A LLEVAR EL DESARROLLO IDEAL Y LA VELOCIDAD JUSTA EN FUNCIÓN DEL TERRENO.

RECORRIDO
300 km

Itinerario lineal, con inicio en Kittilä y final en Kaaresuvanto. Tras dejar atrás los últimos bosques boreales y zonas lacustres heladas, llega hasta la frontera con Noruega, más allá del desierto blanco de la tundra lapona.

DESNIVEL
2.100 m+

El terreno tiende a ser llano, pero no del todo. Cuando se inclina, el comportamiento de la bici cambia ligeramente y resulta incluso más divertido, especialmente los descensos y las zonas de pequeños toboganes.

DIFICULTAD
3/5

El itinerario no es complicado, pero demanda resistencia y estar acostumbrado a pedalear durante horas. Con la presión adecuada en los neumáticos, el comportamiento de la fatbike en la nieve es excelente.

ATRACTIVOS
☆ ☆ ☆

Bosques infinitos, auroras boreales, jornadas de pedaleo sobre nieve en zonas remotas, silencio, rebaños de renos, pesca en lagos helados, ambiente de expedición, guías con amplia experiencia sobre el terreno...

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CRÓNICA DE LAS ETAPAS

BOSQUES ETERNOS

Tras un potente desayuno, cruzamos Kittilä por su avenida principal, que amanece completamente cubierta por la nieve. La de hoy es la etapa más larga de toda la travesía y nos ha de llevar hasta Toras-Sieppi a través de un infinito laberinto de bosques, lagos y ríos helados.

Nada más salir del pueblo, Iván, nuestro guía, nos indica que quitemos presión a los neumáticos, pues a partir de entonces vamos a rodar por caminos nevados. En los siguientes kilómetros rodamos con calma. Muy pronto aprendemos a leer el manto nival, a escoger la mejor trazada, a llevar el desarrollo ideal y la velocidad justa en función del terreno, así como a corregir la dirección de forma instintiva cuando el firme nos sorprende. También debemos aprender a abrigarnos de forma eficiente: "No hay que pasar frío, pero tampoco conviene sudar", aconseja Iván.

Embelesados por el paisaje, avanzamos durante horas, parando cada cierto tiempo para beber el té que llevamos en los termos y recuperar fuerzas a base de barritas de muesli y pequeños bocadillos. La moto de nieve de asistencia aparece de vez en cuando –hoy la pilota David, el otro guía, que conoce nuestra situación en todo momento gracias a un sistema de posicionamiento satelital llamado Spot que lleva la bici de Iván–, pero se mantiene a cierta distancia para que disfrutemos siempre del profundo e hipnótico silencio que reina en estos bosques.

A partir del km 54, la etapa es más rodadora, pues enlazamos dos carreteras también cubiertas por una fina capa de nieve en las que la media sube de forma notable.

Por la tarde llegamos a las cabañas equipadas con sauna en las que nos alojamos esta noche, a orillas del lago Toras-Sieppi, perdidos en mitad de un bosque de pinos –mänti– y abetos –kuusi– que parece no tener fin.

PESCADORES DEL HIELO

Al despertar descubrimos una alfombra de nieve virgen que lo cubre absolutamente todo. A esto se le llama nevar sobre nevado. No ha parado en las últimas 24 horas. "Es muy bucólico, pero puede que dificulte un poco nuestro avance", avisa David. Aún y así, cruzamos los lagos Toras-Sieppi y Särkijärvi sin problemas.

La sensación de pedalear por estas vastas planicies blancas es indescriptible. Rodeados de coníferas, son inmensos desiertos blancos en los que la ruta está señalizada con estacas. Por debajo de la capa de nieve está la de hielo. Y más allá, las aguas del lago, en las que nadan pequeños peces. Lo sabemos porque cerca de la orilla sur pasamos junto a tres hombres que pescan con una minúscula caña a través de un agujero que han hecho en el hielo.

La segunda parte de la etapa transcurre por el interior del bosque y tiene más desniveles. Hasta aquí hemos pedaleado a placer, pero ahora la nieve virgen, que acumula ya un grosor de unos 15 centímetros, nos impide ciclar en las subidas, por lo que David nos propone tomar un atajo para llegar antes a Muonio con tal de descansar y preparar la exigente etapa del día siguiente, que no permite atajos. El resultado de la votación es unánime. Hoy ya hemos tenido nuestra gratificante dosis de pedaleo.

ETAPA REINA

Por fin ha parado de nevar y las temperaturas se mantienen en torno a los cero grados. Es el día D. Hoy no podemos fallar. Tras 15 km de enlace por la carretera 79, nos desviamos hacia el norte para encarar un sector de nada menos que 37 km de caminos de montaña.

La nieve luce perfecta. Cruzamos primero un lago, y después la ruta serpentea por el interior de un bosque, siempre por entretenidos y estrechos caminos que suben y bajan, regalándonos divertidos toboganes en los que pedaleamos sin apenas esfuerzo, pasándolo realmente bien.

La moto de nieve nos aguarda con el almuerzo en una cabaña aislada, a sólo 20 km del final de etapa, con la estufa de leña encendida y un libro de piadas en las que todos los exploradores que pasan por aquí dejan unas palabras. David empieza a buscar y pronto encuentra un texto y unas firmas que le resultan familiares. "Mira, Iván, ¿te suena?". La leen en voz alta y todos estallamos en risas.

Tras retomar la marcha, nos cruzamos con un grupo de seis trineos tirados por perros, con los que se hacen travesías de varios días. La guía finlandesa asegura que es la primera vez que ve fatbikes por estos caminos y nos pregunta cuántos kilómetros avanzamos cada día. "Hoy unos 50 km". Con cara de sorpresa, asiente: "Caramba… como nosotros".

El resto de la etapa es de lo mejor del viaje. Vamos lanzados, pues el terreno tiende a perder altura y sentimos el flow de la nieve bajo las ruedas de nuestras bicis. El objetivo de llegar a Hetta antes de las 5 PM –la hora de la cena en el hotel de hoy– se cumple sin problema. Nos espera una merecida sauna y una buena fiesta de recuerdos alrededor de unas cervezas.

ESTILO DE VIDA SAMI

"Hoy abandonaremos los bosques y entraremos en la tundra", explica David durante el desayuno. Después de un tramo inicial de 25 km por la carretera 93, la civilización quedará definitivamente atrás. A partir de ahí, viviremos como nómadas durante el resto de la travesía. Es hora, pues, de comprar víveres. Y ello implica también pasar por la tienda de licores y llenar la petaca con el potente vodka finlandés, el legendario koskenkorva, que nos ayudará a amenizar las sobremesas en las cabañas en las que pasaremos las próximas dos noches.

A mediodía, la civilización queda definitivamente atrás en forma de "gasolinera-restaurante-punto de encuentro" de todos los habitantes de la zona. En el menú reina la carne de reno: estofada, fileteada, en hamburguesa… También la venden congelada. Joan dice que es sabrosa, aunque magra, y algo áspera.

En la hora escasa que pasamos en el restaurante vemos a más gente que todos los días anteriores juntos. Algunos llevan los trajes típicos de los sami, la población autóctona. Es hora de partir, rumbo a la nada. Los pinos y abetos quedan atrás.

DESIERTO BLANCO

Pedaleamos a escasos 300 metros de la frontera con Noruega. Rebaños de renos se sitúan sobre las lomas, expuestos al viento, como si tuviesen calor.

La vegetación prácticamente ha desaparecido. Es el desierto blanco en su máximo esplendor. El camino está menos pisado y resulta el menos ciclable de toda la semana, pero en ningún caso caminamos más de 50 metros seguidos. Aunque parezca increíble, en toda la travesía habremos caminado unos 2 km.

A media tarde nos cruzamos con un grupo de cuatro excursionistas finlandeses que avanzan con esquís, empujando una pulka en la que cargan todo lo necesario para sobrevivir durante varias semanas en este paraíso blanco. Poco después llegamos a la cabaña. La estufa ya está encendida. Incluso tenemos que dejar la puerta abierta del calor que hace. Iván lo ha preparado todo.

Al rato aparece una pareja de samis. Están de excursión con su moto de nieve, que arrastra un enorme trineo. Nos explican algunos detalles de su medio de locomoción y de su trineo-casa. Luego entran en la cabaña, se calientan junto a la estufa y se zampan unos filetes de carne que traían. Casi sin tiempo para la sobremesa, se despiden. Entonces nos damos cuenta de que se han olvidado su cuchillo, que tiene aspecto de estar hecho a mano. Por suerte, nos da tiempo de avisarles. "¡¡¡Perdón, os olvidáis el cuchillo!!!". Nuestra sorpresa es mayúscula: "Lo hemos dejado por si alguien lo necesita".

VUELTA A LA CIVILIZACIÓN

David es el primero en ponerse en pie. A las 5 AM enciende la estufa y empieza a calentar agua. La etapa de hoy es más corta y fácil, pero debemos llegar pronto a Kaaresuvanto, pues el último autobús a Kittilä sale a las 3 PM. Recogemos y desayunamos en pocos minutos, para partir rápidamente rumbo a la civilización.

El camino nos resulta familiar hasta el primer cruce, aunque la nieve está mejor que el día anterior. Después, a partir del lago Syväjärvi, entramos en una divertida zona de breves sube y baja en los que disfrutamos como niños de la conducción de las fatbikes.

Incluso sale el sol durante un minuto, iluminando el paisaje con una intensidad y variedad de tonalidades difícil de describir y que no habíamos logrado imaginar durante los días anteriores, en que vivimos en un auténtico mundo bicolor.

En Kaaresuvanto nos aguarda la recompensa final: un banquete a base de carne de reno con patatas –el menú "camionero"– y un brindis con rica cerveza Karhu.

PEDALEAMOS A ESCASOS 300 METROS DE LA FRONTERA CON NORUEGA. REBAÑOS DE RENOS SE SITÚAN SOBRE LAS LOMAS, EXPUESTOS AL VIENTO POLAR, COMO SI TUVIESEN CALOR. LA VEGETACIÓN HA DESAPARECIDO. ES EL DESIERTO BLANCO EN SU MÁXIMO ESPLENDOR.

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