Cavall d’Acer 2017

CICLISMO CLÁSICO I 65 km I 900 m+

Cavall d'Acer 2017

BICICLETAS DE AYER, PARA HOY Y PARA SIEMPRE

TE ENTERAS DE QUE UN SÁBADO POR LA MAÑANA SE VA A CELEBRAR UNA MARCHA DE BICICLETAS CLÁSICAS A LAS AFUERAS DE BARCELONA, CON INICIO Y FINAL EN EL GRAN TEMPLO DE LA ESTRIDENCIA Y LA VELOCIDAD ABSURDA. LA CONVOCATORIA PROMETE AMBIENTE FESTIVO, CARRETERAS CON ENCANTO Y LAS MEJORES PISTAS DE TIERRA PARA DISFRUTAR DE LA ESENCIA DEL CICLISMO DE AYER, HOY Y SIEMPRE. PORQUE LA BICI, HOY MÁS QUE NUNCA, RECLAMA SU LEGÍTIMO ESPACIO LOS 365 DÍAS DEL AÑO.

Texto: Sergio Fernández Tolosa I Fotos: Sergi Artero & Xavi Calvo

Aparecer montado en una bicicleta de hace 40 años y vestido con maillot de lana en el Circuit de Barcelona-Catalunya de Montmeló puede parecer un viaje al mismísimo Mordor o, lo que es lo mismo, una insensata incursión en territorio hostil. Pero la Cavall d'Acer de 2017 arranca precisamente aquí, en el gran santuario de los feligreses del motor, lugar de adoración del dios ruido atronador y del delirio por la inercia irracional, por no hablar de los 46 litros a los 100 kilómetros que vaporiza un monoplaza de competición.

En esta meca de la insostenibilidad, hoy, de forma excepcional, reina un extraño silencio: durante todo el fin de semana, el BiCircuit Festival concentrará en apenas dos días todas las pruebas ciclistas imaginadas y por imaginar: desde un Gran Fondo de carretera hasta una marcha de resistencia en mountain bike, pasando por un Brompton WC –es decir, un World Championship en bici plegable de la marca inglesa–, una ultramaratoniana carrera de 24 horas non stop... y la Cavall d'Acer, que este año presenta, como novedad, un itinerario de nada menos que 200 km.

CON CADA PEDALADA, LA CAVALL D'ACER SE SINCERA Y DEMUESTRA QUE ES ALGO MÁS QUE UN DESFILE DE RELIQUIAS DE ACERO. ES UNA FIESTA, PERO TAMBIÉN UNA INVITACIÓN A LA REFLEXIÓN: ¿QUÉ LE HEMOS HECHO AL PAISAJE? ¿QUÉ FUTURO SOÑAMOS?

RECORRIDO

65 / 90 / 200 km

Tres itinerarios distintos para todos los niveles. Todos ellos circulares, con inicio y final en Montmeló. El más largo llega hasta Montserrat, pasando por el Tibidabo y regresando al Circuit por el Coll d'Estenalles.

DESNIVEL

900 / 1.500 / 3.200 m+

A Cavall d'Acer le encanta poner a prueba los músculos de los ciclistas sin complejos. Incluso el circuito corto tiene alguna rampa digna de concurso de subida "imposible", sobre todo con un plato "pequeño" de 42 dientes.

DIFICULTAD

3/5

Sin grandes complicaciones, la ruta de 65 km es disfrutona de principio a fin. Afrontar la de 200 km con ciertas garantías sí que requiere una muy buena preparación física, además de auténtica actitud caníbal.

ATRACTIVOS

☆ ☆ ☆

Los tramos de sterrato, las casas modernistas de La Garriga, las bucólicas carreteras entre bosques, el ambiente festivo del pelotón, los suculentos avituallamientos, la pasta artesana en meta, el sorteo final...

CRÓNICA DE LA JORNADA

No es la primera vez que el Circuit de Barcelona-Catalunya* acoge una prueba ciclista: en los Juegos Olímpicos de 1992 fue punto de partida y meta de los 100 kilómetros contrarreloj por equipos, y recibió la visita de la Volta a Catalunya en 2009 y 2010.

Pero nosotros a lo nuestro. Hoy brilla el sol y en el andén de la estación de Montmeló hay una veintena de ciclistas que, como unos servidores, han venido hasta aquí con ganas de pasarlo bien. Gorras, chichoneras, musettes, bicis bonitas, bicis buenas, bicis preciosas... No hace falta preguntar. Todos sabemos que todos vamos a la Cavall d'Acer.

Comandada por la anarquía más feliciana, la improvisada grupeta pone rumbo al Circuit. Una vez allí, resulta fácil encontrar nuestro espacio en el aparcamiento, que hoy despierta prácticamente desierto. Preguntamos por los organizadores a un ciclista de paisano que está montando una pequeña exposición de relucientes Razesa. "Han ido a hacer fotos a los valientes del circuito largo, que han salido hace un rato".

Enseguida regresan. Felices de vernos, prodigan espléndidas sonrisas matutinas con las que camuflan las reglamentarias ojeras de quien organiza un evento. Traen abrazos para todos y también un rico desayuno a base de yogur artesano y galletas.

La gente sigue llegando y ya somos unos cuarenta ciclistas dispuestos a tomar la salida en la prueba de 65 km. Mientras recibimos con relativa atención las instrucciones para seguir el recorrido, que está señalizado sobre el terreno, nos enteramos de que el circuito de 90 km se ha anulado. Minutos después, partimos entre vítores, aplausos y autoovaciones.

*Debido a problemas financieros, en 2013, el Ajuntament de Barcelona entra a formar parte del consorcio gestor del Circuit de Catalunya. De ahí el cambio de nombre.

Los alrededores de Montmeló son un laberinto de carreteras, autopistas, polígonos, vías del tren rápido, vías del tren de toda la vida... Pero la Cavall d'Acer se las apaña para encontrar un camino que desemboca directamente en el paseo fluvial del río Congost, en el que encauzamos una serie de bici-carriles que nos llevan en terreno llano hasta Granollers y La Garriga.

En estos pocos kilómetros somos testigos del derroche de creatividad de los diseñadores de viales ciclistas de cada municipio: cada pocos minutos, cambia el firme, el color, la señalización... ¿Será esta falta de criterio unificado en realidad una medida preventiva para que los usuarios de la bicicleta no nos aburramos al manillar?

Aprovechando estos instantes de estériles cavilaciones, un par de escapados –uno de ellos montado en una vetusta bicicleta equipada con un cambio Campagnolo Corsa de doble palanca como el que usó Gino Bartali en el Tour de 1948– han roto la "carrera" desde el kilómetro 1. No les volveremos a ver el pelo hasta la línea de meta. El resto paseamos ajenos al reloj, atentos a los detalles del paisaje, admirando las torres modernistas de La Garriga, fluyendo incluso cuesta arriba después del primer avituallamiento, situado al inicio de la subida a Samalús.

Empieza aquí un tramo de asfalto cautivador. Rodamos hacia Cànoves en suave ascensión, por una sinuosa carretera sin coches rodeada de naturaleza que nos hace soñar con aquellos maravillosos años en los que en las carreteras había más bicicletas que automóviles. Y de eso no hace tanto, porque algunos abuelos todavía lo recuerdan.

Al llegar a Llinars del Vallès, la ruta se desvía hacia Dosrius, pero abandona el asfalto muy pronto, tomando una pista forestal que rodea la masia de Can Bordoi, por cuyos jardines sólo se permite pasar a caminantes y ciclistas. Las duras rampas que siguen nos elevan a través del típico encinar mediterráneo hasta la Torrassa del Moro, una torre vigía de origen romano.

El descenso es hilarante, casi lacrimógeno. Parece mentira lo que se puede hacer sobre estas bicicletas, auténticas todoterreno, que nos llevan cuesta arriba y cuesta abajo, por caminos que algunos creen reservados a las mountain bikes, hasta el mítico Coll de Parpers, donde encontramos el segundo avituallamiento: pan con tomate y aceite de oliva, queso, embutidos, agua, vino tinto... Nada de artificios, ni polvos mágicos.

La antigua gasolinera, hoy abandonada y cubierta de graffitis, parece un símbolo decadente de otra era en el que retumban los ecos de nuestras voces, sólo acalladas por el estallido sónico que provoca algún maleante que disfruta pisando de más el acelerador por esta bucólica carretera.

Tras el almuerzo, partimos hacia La Roca con la panza rebosante del mejor combustible. Los pueblos se suceden a ambos lados de una de las carreteras más frecuentadas por los ciclistas del área metropolitana barcelonesa.

Viajamos en suave bajada, aunque con el viento en contra, pedaleando a buen ritmo hasta Montmeló, donde topamos con la última de las subidas y la entrada triunfal al aparcamiento del Circuit. Hoy no hay opción de vuelta de honor para los clásicos. El circuito está ocupado por una prueba ciclista cronometrada.

La gran novedad de esta edición de la Cavall d'Acer era sin duda el ambicioso circuito de 200 km, en el que el sterrato y los duros desniveles eran dos de los ingredientes principales.

Superar las sierras del Litoral, la Marina, el Tibidabo, Montserrat y l'Obac, evitando las vías principales, convertía el itinerario en un reto de tinte épico, aún más si se pedalea sobre bicicletas que vinieron al mundo antes de la primera crisis del petróleo. Quizá por eso se apuntaron sólo ocho intrépidos ciclistas. En el pelotón de los paseantes, cada poco nos preguntábamos dónde andarían los conejillos de indias de los 200 km. "Uno de ellos va escapado, en solitario", piaban las redes sociales.

Después de la entrega de premios, muñequitos Flandriens y rosas de Sant Jordi para tod@s, y el sorteo de material en el que hubo luces, además de espectaculares sillines Brooks y Essax para los más afortunados, llegaron entre aplausos siete de los ocho magníficos que habían partido con las primeras luces en dirección a lo desconocido. El octavo pasajero seguía en ruta, a los pies de la montaña sagrada de Montserrat.

"Hemos salido tarde y los primeros 80 km nos han desfondado, así que hemos tomado un atajo para llegar a una hora decente", comentaban escarmentados, aunque felices y consolados, mientras recibían sus premios por haber intentado lo que parecía imposible.

Al escapado, las prisas le jugaron malas pasadas y regresó a casa con más kilómetros de los proyectados, pero sin pasar por meta. No hubo, por tanto, en la Cavall d'Acer 2017, un ganador, sino muchos. Porque todos volvimos a casa sanos, salvos y felices de haber disfrutado del cicloturismo durante un gran día que será irrepetible. El año que viene, más.

EL DESCENSO ES HILARANTE, CASI LACRIMÓGENO. PARECE MENTIRA LO QUE SE PUEDE HACER SOBRE ESTAS BICICLETAS, AUTÉNTICAS TODOTERRENO.

GALERÍA DE IMÁGENES
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