CAT700 MTB Brevet 2015

CAT700 MTB Brevet 2015 I CONUNPARDERUEDAS.com

BIKEPACKING I 609 km I 11.655 m+

CAT700 MTB Brevet 2015

Del Pirineo al Delta

UNO TIENDE A PENSAR QUE UNA TRAVESÍA EN BICICLETA DESDE EL PIRINEO HASTA EL DELTA DEL EBRO SERÁ LO MÁS PARECIDO A UN LLEVADERO, DELEITOSO Y SEMPITERNO DESCENSO. CRASO ERROR. LA CAT700 ES UNA INDELEBLE LECCIÓN DE OROGRAFÍA. DÍA A DÍA, Y NOCHE A NOCHE, TE GRABA A FUEGO CADA UNA DE LAS BELLAS BARRERAS NATURALES QUE DAN LUGAR A UN SORPRENDENTE MILHOJAS DE PAISAJES.

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker

La CAT700 MTB Brevet es una prueba única en su especie. De principio a fin. Arranca con un animado brindis de cava a casi 1.700 metros de altura y termina con un plato de sabroso arroz del Delta del Ebro a orillas del Mediterráneo. Pero que nadie se lleve a engaño. Entremedio aguardan, agazapados, más de 600 km de montañas, ríos y bosques, campos, lagunas, eriales, viñedos, desfiladeros, cañones... Cinco días y cuatro noches de auténtica aventura en la que eres libre de pedalear hasta reventar –algunos lo consiguen, literalmente–, parar a llenar los depósitos de combustible donde más te plazca y dormir –o caer rendido– en cualquiera de las sombras que encuentres por el camino.

NO ES UNA CARRERA. O SÍ. ¿POR QUÉ NO? PARA NOSOTROS, ES UN VIAJE. UN RETO. UNA AVENTURA EN LA QUE CADA CUAL DECIDE EL RITMO Y EL NIVEL DE CONFORT.

RECORRIDO
610 km

Itinerario lineal entre el Val d'Aran y la desembocadura del Ebro. Cruza Cataluña de norte a sur, descubriendo toda clase de paisajes: Pirineo, Prepirineo, Montsec, Priorat, Los Ports, Delta del Ebro...

DESNIVEL
11.655 m+

Con la excepción de la llanura de Lleida, que se supera en pocas horas de fluido pedaleo, el resto del viaje está marcado por los puertos de montaña y los constantes sube y baja. No concede tregua alguna.

DIFICULTAD
4/5

El nivel de exigencia física resulta elevado y el tipo de caminos es muy heterogéneo. Aunque pueda parecer pistera, hay largos sectores agrestes que invitan a elegir la bicicleta de montaña como montura ideal.

ATRACTIVOS
☆ ☆ ☆

La sorprendente variedad de paisajes, desde la alta montaña pirenaica hasta las playas de arena fina del Delta del Ebro. Prueba muy joven, muy bien organizada, con pocos participantes y muy buen ambiente.

CRÓNICA DE LAS NO-ETAPAS

Pero empecemos por el principio, por ese brindis en Montgarri, a las 12 del mediodía, en el que todos nos deseamos a todos una felicísima travesía, alzamos las copas, apuramos el burbujeante cava y a punto estamos de pedir otra botella.

Somos apenas una veintena de chalados –entre los que hay sólo una fémina– y acabamos de pasar el exhaustivo control de material obligatorio en Salardú. Al fin es hora de pedalear. La única vía de huida es hacia delante.

En cuanto arrancamos, el pequeño pelotón se estira como el queso de la pizza. Entonces caigo en la cuenta de que algunas de las patorras que pistonean unos metros por delante de nuestros manillares no las volveremos a contemplar hasta la edición del año que viene. Aquí no sirve aquello de "nos vemos en meta".

Las aguas del Noguera Pallaresa indican el rumbo natural a través del bosque y las montañas. Nosotros nos dejamos llevar como dóciles moléculas de H2O que inician un nuevo viaje hacia el mar. Actuamos como un pequeño gran grupo de amigos que se acaban de conocer. Nadie aprieta. Nadie se escapa. Todos hablamos con todos. Alguien pincha y sobran manos para ayudar.

A Espot llegamos a la hora de la sobremesa, excusa perfecta para amontonarnos en el primer bar con terraza del pueblo, que llenamos de bocadillos, cafés y risas, pero con la mirada puesta en la primera ascensión seria de la travesía.

El Colletó de la Portella (2.265 m) aguarda mil metros más arriba. Es la puerta de entrada a una panorámica travesía de alta montaña hasta la estación de esquí abandonada de Llessui, donde el camino se empina con cierta alevosía y más de uno empieza a lamentar no haberse ido de vacaciones a Cancún.

En la última rampa de El Tossal, Amelia descubre casualmente –¿quién diantres frena en subida?– que el freno delantero de su bici tiene un recorrido fuera de lo común. "¡Mira, la maneta toca el puño!", exclama preocupada. David, el mecánico del equipo, visiblemente afectado por un inusitado soroche –menos mal que no le da por desnudarse y salir corriendo cuesta abajo–, resta importancia al hecho y nos tranquiliza con un diagnóstico del todo convincente: "Las bajas presiones pueden haber afectado al sistema hidráulico del circuito. En cuanto perdamos altura volverá a funcionar".

Minutos después, ya en la cima y con el sol a punto de irse a dormir, Amelia recupera transitoriamente la conciencia y descubre el verdadero origen de la avería: ha perdido las zapatas del freno y nadie –ni David, ni Sergio, ni ella misma– hemos traído de repuesto. "Qué oportuno. Estamos en el punto más elevado de la CAT700 –a 2.494 metros– y justo ahora empieza una bajada por camino de 18 km y 1.500 metros negativos...", pensamos a coro.

Tras un instante vacilante, la mezcla perfecta de cansancio, hipoxia y desesperación logra estimular nuestra creatividad e inventamos un juego realmente divertido: Amelia siente curiosidad por ver qué tal frena la Karate Monkey de David (talla M), y a Sergio le da morbo bajar con la Ogre de Amelia (talla S), así que a David no le queda más remedio que intimar con la Ogre de Sergio (talla L).

Aún no sabemos cómo logramos llegar al valle de una pieza, incluso antes de lo esperado. "Es lo que tiene ir sin frenos...". El baile de sillas ha funcionado y el trío de kamikazes ha superado la prueba. Tan pronto oscurece decidimos echarnos a dormir en un prado.

La noche se evapora entre dos bostezos. Al alba, medio zombies, calentamos agua para un café instantáneo de esos que espolean tripas y neuronas y en pocos minutos avanzamos a Koos, que se está quitando las legañas a orillas del lago de Montcortès.

Poco después abordamos un supermercado de La Pobla de Segur. Con la barriga llena, lo que más apetece es una siesta mañanera, pero debemos apremiarnos para llegar hoy a Àger si no queremos quedar fuera del corte... Y antes hay que conseguir pastillas de freno para la bici de Amelia, y para las demás, que nunca se sabe.

A orillas del pantano de Sant Antoni, descubrimos qué entiende el organizador de la prueba por "pista rodadora" al tiempo que constatamos que los bosques y el aire fresco del Pirineo han quedado definitivamente atrás. Pero no todo son malas noticias: en Tremp nos sonríe la suerte al encontrar una tienda de bicicletas abierta. Ahora sólo queda encarar la larga, larguísima, eternísima subida que nos izará lentamente hasta el Coll d'Ares, haciendo escala primero en la fuente del castillo de Mur, cuyo foso se nos atraganta como un collar de fuego.

A última hora, la cara sur del Montsec nos regala un veloz y refrigerante descenso con el que damos por terminada la jornada. Mònica Aguilera nos recibe en el camping, primera base de vida de la CAT700. Estamos cansados pero satisfechos: desde ayer a mediodía hemos logrado avanzar 230 km. El cuerpo pide ducha, plato combinado y horizontalidad. Ponemos las baterías del GPS a recargar y nos escabullimos en la carpa de la organización, que ofrece una acústica divina para los barítonos de la escolanía del pelotón.

Al día siguiente, tras madrugar moderadamente, las rampas del Coll d'Àger nos recuerdan lo poco que hemos entrenado este año –esta década, más bien–. En las bajadas, al menos, nos sentimos mejor.

Entre dorados campos de trigo y murallas de roca rojiza, llegamos a Sant Llorenç de Montgai con las fuerzas justas para almorzar. "Dos de cada, por favor...".

El calor empieza a ser asfixiante. David se echa una cabezadita entre las mesas de la terraza. El infierno aguarda ahí fuera. Balaguer, Sidamon y Torregrossa se convierten en distantes islas de salvación en mitad de un secarral. Hoy la prensa aconseja "no salir de casa sin gorra", "beber agua antes de sentir sed", "no dejar al gato dentro del coche", "no hacer ejercicio al aire libre"... Suerte que no tenemos fuerzas ni para abrir el periódico.

Viajando de sombra en sombra y de fuente en fuente, alcanzamos ese estado de fusión absoluta con el medio en el que una acera sin sol es el oasis perfecto. En El Poal cantamos línea con unas hamburguesas de El Casal, pero el premio gordo se esconde en Les Borges Blanques, en una heladería artesana en la que nos avituallamos a base de horchata y granizado de limón. Es lo que tiene atravesar la llanura de Lleida en pleno tsunami de calor.

El objetivo del día era cruzar el erial leridano y plantarnos a los pies del Montsant, lo más cerca posible de Albarca. Nos está costando, pero a eso de las diez entramos en el restaurante del camping de Ulldemolins. Nuestras caras deben de ser un poema porque aunque ya es un poco tarde nos dan de cenar. Allí está Lluis, con una tendinitis que le ha obligado a bajarse de la bicicleta. Dice que el año que viene volverá.

A la luz de los focos retomamos el camino. El plan consiste en dormir en el primer rellano que aparezca. No avanzamos ni un kilómetro más. "Esta viña servirá".

Hoy volvemos a entrar en terreno escarpado. Al otro lado del Coll d'Albarca nos esperan varios sectores de entretenidos senderos que se abren paso entre bosques, roquedales, terruños y vides que crecen al sur de los riscos del Montsant.

En un horno de Cornudella rompemos el ayuno llenando los depósitos de combustible antes de continuar hacia Poboleda, Torroja, Gratallops, El Lloar... El empacho de caminos y topónimos nos supera y llega un momento que no necesitamos saber ni dónde estamos, ni qué hora es, ni cuánto falta.

En Garcia, a orillas del Ebro, tropezamos con la segunda base de vida de la travesía, situada en el km 400 del recorrido. Nuestra media ha bajado considerablemente. Aunque estamos hechos polvo, hoy deberíamos avanzar, como mínimo, hasta Horta de Sant Joan, unos 60 km más allá.

La ducha tiene un mágico efecto relajante, casi narcótico, pero el exceso de calma acaba poniendo nerviosa a Mònica –experta en raids y vencedora de la Marathon des Sables–, que al descubrir nuestro punto débil nos azuza con un persuasivo "¡Fuera de aquí! ¡Estáis perdiendo mucho tiempo!". Al principio creemos que bromea, pero insiste tanto que decidimos hacerle caso, no sin antes entrar en el bar de la piscina para comprar unos bocadillos y tomarnos unos helados.

Cruzamos el río Ebro por el puente del ferrocarril, siguiendo el GR-171. Más allá nos aguardan la Serra de Cavalls y la Serra de Pàndols, hasta el Coll d'en Canar, para acabar enlazando el descenso a La Fontcalda en plena oscuridad. En el silencio del santuario masticamos los bocadillos, que serán nuestra cena, y reunimos fuerzas para seguir un rato más, aunque el lugar es peligrosamente tentador.

Nuestras voces resuenan en los túneles de la vía verde. El dolor de culo es ya insoportable para más de uno –y de una–. Al entrar en Horta de Sant Joan, nos creemos salvados, pero a David se le rompe la cadena en la última cuesta. Aprovechamos el minuto y medio que tarda en repararla –este hombre no necesita ni tronchacadenas– para buscar un rincón donde echarnos a dormir. No hay suerte. David propone ir a las afueras del pueblo. Conoce un lugar en el que "nos despertaremos con un panorama espectacular".

De noche, todos los gatos son pardos, pero con la luz del día lo vemos todo mucho más claro. "Realmente hermoso, David".

Amanecemos en el mirador de las Roques de Benet y Amelia despierta con la cara sorprendentemente hinchada. Aunque intentamos disimular, lo acaba descubriendo. "Casi no puedo abrir los ojos", lamenta mientras se palpa la extraña careta. "Tranquila, es de tanto dormir. Pedaleando se te pasará".

Dos horas más tarde salimos de Beceite con el desayuno a medio masticar: pan, queso, embutido, zumos de fruta, magdalenas y, atención, una enorme lata de calamares en su tinta. "Me lo pedía el cuerpo", arguye Amelia en la puerta de la tienda de ultramarinos mientras guarda una bolsa de aceitunas en el bolsillo del maillot.

El calor es nauseabundo, etílico, opiáceo. La sangre, densa y perezosa, se estanca. El cerebro, al ralentí, confunde lugares, nombres, adverbios... Se limita a mantener los párpados entreabiertos, los pies en los pedales y la bicicleta dentro del camino.

Estamos en la montaña rusa de Los Ports, última barrera antes de los arrozales del Delta. La habíamos imaginado como un solemne paredón, pero en realidad son infinitas murallas en las que topamos una y otra vez con nuestro límite de fatiga máxima. En vano tratamos de engañarnos con breves descansos antes de embestir nuevas rampas.

Paradójicamente, el calor nos apaga. Amelia se bebe hasta el agua de las aceitunas y en mitad de este paraje con forma de jardín japonés petrificado empezamos a confundir realidad y deseo. Al pasar frente a una cisterna de bomberos, por ejemplo, creemos estar en el jacuzzi de un crucero de lujo lleno de champagne francés. Por suerte, poco más allá alcanzamos la fuente de la Cova Avellanes, donde nos resarcimos de la sed acumulada e intentamos quitarnos sin éxito el hedor a charca –"no, no era champagne"–.

Una vez en lo alto, volamos sobre el asfalto en dirección a Amposta, confiados en un final fácil y feliz. De las dos efes, se cumple la segunda, pues la llanura del Delta nos tiene guardadas un par de punzantes tachuelas y una brisa marina que echa para atrás.

El sol se despide a espaldas de Los Ports y nosotros rematamos la CAT700 rodando en volandas, inmersos en una inmensa masa crítica compuesta por un trillón de mosquitos empeñados en darnos de cenar. Son cerca de las 11 de la noche. Hace exactamente 4 días y medio que partimos de Salardú. La organización, que nos conoce cariñosamente como Trío Lalalá, nos recibe con indisimulada alegría en la línea de meta. "Enhorabuena, la cocina sigue abierta, habéis llegado a tiempo para el arroz". Chapeau!!!

EN CUANTO ARRANCAMOS, EL PELOTÓN SE ESTIRA COMO EL QUESO DE LA PIZZA Y CAIGO EN LA CUENTA DE QUE ALGUNAS DE LAS PATORRAS QUE PISTONEAN FRENTE A NOSOTROS NO LAS VOLVEREMOS A VER HASTA LA EDICIÓN DEL AÑO QUE VIENE.

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